Tal como dijo acertadamente el filósofo español Fernando Savater, el ejercicio efectivo de la libertad política requiere tanto de una educación adecuada para las masas como del acceso de éstas a una información suficiente sobre los asuntos públicos. Pero, en una sociedad en formación como la nuestra, los medios de comunicación de masas tienen una tarea esencial que cumplir para que ambas cosas sean una realidad.
Porque en la sociedad moderna masiva, igualitaria, de consumo generalizado y voto universal, donde el poder teóricamente reside en todos, tales medios constituyen las correas de transmisión naturales, para que ambos objetivos se alcancen.
A través de los medios de comunicación de masas, se congrega de otra manera la moderna asamblea de los ciudadanos, que en las democracias antiguas cabía en una plaza. Millón y medio de electores y cerca de 3 millones de opinantes y consumidores costarricenses o habitantes del territorio -restados únicamente los infantes- dependen o son afectados en distintos grados, en o para su formación -e información- de los medios de comunicación de masas.
Organismos necesarios. Un primer balance para este efecto se debe buscar entre la base comercial de las empresas dueñas de los medios -que deben ser rentables- y su función social, la que no debe confundirse como lo público estatal. Porque, en la misma forma que otras instituciones sociales, también garantizadas constitucionalmente por su importancia, como los partidos políticos, la familia y la educación privada, los medios constituyen organismos necesarios para la vida social, y para el control de lo estatal.
En concurrencia con el interés público -con el que no hay oposición, por lo que se dirá- el interés comercial de las empresas dueñas y anunciantes, está a favor de la importantísima función social que los medios deben cumplir. Porque una nación bien educada produce mucho más y consume mucho más, y porque una sociedad políticamente bien gobernada, justa y de vigencia efectiva del Estado de Derecho, es el mejor ambiente para los negocios y la garantía más sólida para el patrimonio. Sólo fuerzas depredadoras y oportunistas, contrarias al interés verdadero en estos puntos, pueden estar interesadas en manipular en el corto plazo la formación o la información de los ciudadanos. Ejemplo: los anunciantes televisivos que, en aras de un interés inmediato alientan la violencia, peligrosísimo virus social de efectos incontrolables y destructores.
Cómo lograrlo. Pero tal interés verdadero tiene sus enemigos, que a veces lo deforman. El sensacionalismo en todas sus formas, o manipulación de lo sensible para llamar la atención y mover la voluntad --en sí mismo un ataque a la libertad-- y la primacía del entretenimiento y de lo fácil como estupefacientes sociales, y como huecos negros del espacio destinado a la información, son elementos contrarios al suministro de la información necesaria para el control adecuado de las decisiones políticas. Cuando así se actúa, se cree erróneamente que solo de esa manera se atrae la atención, o que el público no es capaz de apasionarse por estos otros temas. Para comprobar lo contrario, basta medir en todos los espacios directos de la comunicación social -familiar, laboral y de todo género de reunión- el porcentaje del interés dedicado a los temas políticos, que es muy alto. Dedicados, es cierto, primordialmente a la comidilla política y a los lugares comunes, pero porque no hay otras opciones. Canalizado hacia los hechos y la discusión, la potencialidad de ese interés es enorme, tanto para una verdadera vida política participativa, de gran importancia para la sana marcha del Estado, como para elevar el rating o la circulación. øCómo lograrlo? La respuesta a esa pregunta no se sale de las técnicas periodísticas tradicionales. Distinción entre información y opinión, y entre hechos y calificación; escrupulosa objetividad, que incluye no prejuzgar por el público, sino que sea éste el que juzgue; balance en la información, la que debe incluir, sin manipulaciones, todos los puntos de vista; investigación propia de los hechos y consulta a otras fuentes, sin limitarse al dicho de los funcionarios, generalmente interesados en distorsionar la verdad; publicación de todos los hechos y elementos necesarios para su valoración.
Por la enorme importancia que todo esto tiene, y a propósito de los señalamientos recientes de Fernando Savater y Antonio Gala, creo que conviene un examen de esta función, tanto por los mismos medios respecto a si la están cumpliendo, como frente al Estado, que con medidas admnistrativas y judiciales la impide o amenaza. Porque sólo con este tipo de información puede haber una vigencia efectiva de las libertades políticas, de la democracia, de las libertades fundamentales y del Estado de Derecho, indispensables para todos.