Para quien está al tanto de las reacciones de las elites centroamericanas frente a la globalización, resulta contrastante el comportamiento de los costarricenses con el de los guatemaltecos o salvadoreños. Mientras que en nuestro país la reacción prevaleciente ha sido de "sálvese el que pueda", lo cual ha producido ventas de muchas empresas y una transferencia masiva al sector financiero y turístico, en los otros dos países los empresarios se han reunido y tomado medidas para tratar de enfrentar la crisis. Es así como en esos países se han integrado capitales, creado consorcios y realizado alianzas estratégicas buscando establecer nuevas trincheras para mantener y ampliar posiciones en los mercados.
Mientras que salvadoreños y guatemaltecos, acostumbrados desde la Colonia a acudir al llamado de las trompetas de la Capitanía General, se integran y toman medidas colectivas, los costarricenses, obedeciendo también aparentemente al llamado ancestral de la cultura pequeño-campesina, se desbandan tratando de encontrar cada uno su propio camino de supervivencia.
Esto lo que parece, a primera vista, derivarse del comportamiento de nuestros compatriotas, pero podría ser muy simplista atribuirles a las raíces ancestrales de la personalidad básica pequeño campesina, las desventajas que presentamos en la actual coyuntura histórica.
Si bien existe una sólida base individualista en nuestra cultura, esta no ha sido monopolio exclusivo de los costarricenses. En las elites de Guatemala y en El Salvador también se ha expresado con gran fuerza en diversos momentos de su historia. Por otra parte, nuestro individualismo, por su origen campesino, no ha padecido del autismo social propio de las pretenciosas y reducidas elites coloniales y ha sabido concertar los intereses sociales alrededor los proyectos de sus caudillos. En este sentido, los proyectos individuales han encontrado espacios para integrarse formando un haz de voluntades, en un norte común. Como conjunto social, nuestro país, no solo no ha carecido de liderazgo, sino que ha demostrado, a través del tiempo, tener una visión de futuro compartida más fructífera y productiva que las de otros países de la región aferrados al apartheid étnico y social.
Nuestra desventaja actual se debe sobre todo a la carencia de una visión de futuro compartida frente a las nuevas realidades. La necesidad de ajustarse al cambio es un problema que viven también otros países, pero en nuestro caso la solución se ha retardado adicionalmente por la irrupción de las dinastías en la arena política, que han pospuesto el cambio generacional basado en experiencia y capacidad por las relaciones consanguíneas con los caudillos del 48, como en el medioevo. Esta situación ha impulsado el comportamiento errático de la elite económica que, carente de estímulos, abandona el debilitado sector productivo, para refugiarse en el financiero-especulativo o probar suerte en un sobreofertado y descuidado sector turístico. En estas condiciones el "sálvese quien pueda" significa hacer negocios fáciles y jugosos con el Estado, como comprar bonos con altas tasas de interés, activos públicos baratos para venderlos caros o participar en licitaciones amañadas para recibir dinero sin prestar servicios adecuados, así como traficar, con influencias, autos robados y drogas. No existe clima para el empresario innovador, ese al que Schumpeter denomina empresario porque construye empresas, el verdaderamente imprescindible para el desarrollo de cualquier nación. De tal forma se deja languidecer, por falta de norte y espacios, al sector productivo, mientras prosperan a costa del patrimonio nacional una suerte de "tío lobos" de la economía, alentados por los políticos-empresarios, que resquebrajan el tejido social, la inteligencia creadora y los valores de solidaridad e integración social.
Construir una visión de futuro compartida es la tarea principal de nuestra sociedad para poder recuperar su ritmo histórico. Se trata de ponerse de acuerdo sobre metas básicas, no de consensos sobre el cómo, sobre lo cual siempre existirán diferencias. Existen capacidad y recursos para hacerla y ponerla en marcha, lo que frena el proceso es el sistema político que permite que los partidos tengan dueños que ven al Estado como modus vivendi. Tenemos cuadros técnicos y políticos de gran nivel y voluntad de cambio con cuyo concurso será posible contar en la medida que se reforme nuestro régimen político, para que podamos no solo votar, sino también elegir; pedir cuentas y destituir, si incumplen los programas, al presidente, diputados y munícipes. Tenemos grandes reservas profesionales para retomar posiciones y avanzar con confianza hacia el futuro. Nuestros jóvenes gerentes, no siempre valorados localmente, son altamente cotizados por las empresas transnacionales, que los prefieren por su capacidad de trato e involucramiento del personal, cualidad difícil de encontrar en ciudadanos de países con mayores distancias sociales y discriminación étnica. Necesitamos, sin embargo, reformar nuestro sistema, para que los valores técnicos y humanos puedan surgir. De otra forma nos quedaremos a la zaga de la región y el mundo.