Los discursos presidenciales del 2 de mayo en la Asamblea Legislativa tienen naturaleza doble. Por un lado, cumplen un mandato constitucional que acompaña al informe de labores más extenso; por otro, son un ejercicio de retórica pública que trasciende la audiencia del recinto. En ambos casos, la índole visible de su contenido (llamémosla “ruido”) es recurrente: vestir, maquillar y perfumar acciones gubernamentales para, aunque sean fallidas, prematuras o inexistentes, presentarlas como logros. La discusión posterior en el plenario también sigue una rutina: críticas de la oposición y alabanzas del oficialismo.
Este año, tanto el presidente, Rodrigo Chaves, como los diputados han cumplido con el mandato constitucional, han recargado sus dimensiones mediáticas y han tratado de proyectar sus mensajes más allá de Cuesta de Mora. Nada nuevo. En el caso del mandatario, la dimensión escénica fue particularmente bombástica, una síntesis, en contenido, estilo y tono, de sus conferencias de prensa semanales. Tampoco nuevo.
Si el acto constitucional y escénico fue rutinario, y si lo que el presidente dijo, y cómo lo dijo, siguió una línea ya conocida, no encontraremos nada muy significativo en sus palabras. Resulta más interesante explorar las ausencias en ellas; es decir, temas o conceptos que no tocó o mencionó, y buscar entonces la elocuencia de los silencios. En este caso fueron muchos, y ciertamente elocuentes.
