En los años treintas, al igual que en los ochentas, nuestro país entró en una crisis que deterioró el tejido social y amenazó la estabilidad nacional. En los treintas el proceso de maduración y de puesta en marcha de la reforma del Estado se prolongó hasta finales de la década de los cuarentas. Las reformas fueron profundas y afectaron tanto el campo social como económico, produciendo una nueva Costa Rica. De ser el penúltimo país más pobre de Centroamérica, pasamos treinta años después a ser el más rico en ingreso per cápita.
Las transformaciones de entonces fueron dirigidas, sin embargo, con visiones de futuro, gestadas por grupos de pensamiento y acción política que se fueron haciendo compartidas, después de un período de confrontaciones. En este proceso jugaron un papel destacado intelectuales-políticos con alma estadistas. Para la mayoría de los costarricenses las reformas de entonces se asocian con los nombres de quienes las llevaron a cabo: Calderón Guardia y Figueres Ferrer. Existen, no obstante, dos documentos de la época que nos señalan a los gestores de las visiones de futuro que guiaron la acción. Se trata: a) En lo social: el Programa Mínimo del Partido Comunista de 1931 y b) en los económico y político: "Estudio sobre economía costarricense" tesis de grado de Rodrigo Facio de 1940.
Estos documentos nos hablan de la maduración del pensamiento de la época pero también, de los dirigentes que como Manuel Mora y Rodrigo Facio tenían, además de visión de futuro, capacidad de gestión como estadistas y eran capaces de organizar y movilizar, pero sobre todo de negociar y concertar para impulsar sus metas.
En nuestros tiempos existe una gran producción de documentos, pero que se aproximen a una visión de futuro, solo conozco dos: "A la búsqueda del siglo XXI" elaborado por el BID a solicitud de los dos partidos políticos, durante la administración anterior y "Costa Rica entre la ilusión y la desesperanza" de Leonardo Garnier y otros (ATD). Contribuyendo en esta misma dirección, aunque con un carácter de publicación anual complementaria, se encuentra "El estado de la nación", de CONARE, Defensoría, PNUD. La lectura de los dos primeros textos, que a pesar de tener diferencias importantes presentan bastantes coincidencias, es esencial para entender en parte los fundamentos en que se sustentan algunas de las principales políticas y programas del actual gobierno e incluso del PUSC. Aunque los plazos han sido breves para valorar históricamente el impacto de su proyecto, parece ser que ATD, a pesar de las posiciones ocupadas en el gobierno, no ha tenido las mismas posibilidades y capacidades que tuvo en su momento Rodrigo Facio desde posiciones más modestas, pero con un liderazgo más sólido.
Muchos factores han incidido en la puesta en marcha de este proyecto, entre otros la mala distribución de los documentos y la falta de curiosidad de periodistas y analistas políticos, acostumbrados al fácil monitoreo del comadreo político cotidiano, en darlos a conocer. Pero un peso decisivo lo han tenido las desviaciones dinásticas que ha sufrido nuestra vida política en esta década.
La crisis de los treintas llevó a un reacomodo natural, con base en capacidades y méritos de la clase política. Los hijos de don Ricardo y de don Cleto o no aspiraron o no encontraron condiciones para seguir los pasos de sus padres, lo que dejó el camino libre a la formación de nuevos equipos políticos.
Los noventas gestaron, sin embargo, por primera vez en nuestra historia a las dinastías políticas. Inducido por el gran éxito económico y social alcanzado por las reformas de los cuarentas y cincuentas, el pueblo buscó en las familias Calderón y Figueres una continuidad del bienestar menguado seriamente en los ochentas.
Este fenómeno, en mi criterio, ha retrasado el proceso de reorganización del liderazgo de las fuerzas políticas mayoritarias basado en capacidades y dificultando la gestación de una visión de futuro compartida. Lo primero, debido a que los otros líderes, al interior de cada partido, han debido postergar sus aspiraciones para mantener sus esperanzas a futuro. Una confrontación fuerte con el "Príncipe" podría costarles la carrera política. En cuanto a lo segundo, o sea, el retraso en la maduración de una visión de futuro compartida, elemento esencial de una reorganización del Estado, se deriva del hecho que alrededor del "Príncipe" tiende a generarse una "Corte" y no un equipo de trabajo. La corte, sociológicamente hablando, es una institución de apoyo e información al soberano, para atender sus necesidades. La corte se integra por lealtades, gustos y necesidades del "Príncipe" y no supera la suma de sus miembros.
Un equipo de trabajo, en cambio, se integra alrededor de un proyecto, que puede ser personificado por quien lo dirige, pero que emana y produce energía colectiva. En la integración del equipo juegan un papel preponderante las calidades de sus miembros por encima de sus atributos personales. El equipo puede alcanzar altos niveles sinergéticos que superan la suma de sus miembros, en la tarea de sacar adelante el proyecto.
El retraso en la recomposición de las fuerzas políticas y en la configuración y puesta en marcha de una nueva visión de futuro ha tenido un efecto degenerativo en la clase política nacional, con efectos discapacitantes sobre un sector del empresariado ligado al poder y ha provocado un "recalentamiento" de la vida institucional, pero esto es tema para otro artículo.