La región sur-sur del país será objeto de grandes transformaciones en los próximos años por la realización de grandes megaproyectos del sector público y privado como el de la represa del Diquís, el aeropuerto internacional y las marinas de Golfito.
¿Podrá aprovechar la población local las oportunidades que algunas de estas obras traerán, como lo hicieron en su momento los pobladores de La Fortuna? Me temo que no si las inversiones se limitan a estas obras y no se acompañan de programas educativos y de capacitación empresarial.
En nuestro país, lo que ha diferenciado las oportunidades de desarrollo endógeno, más allá de las riquezas naturales e incluso de la infraestructura, han sido las oportunidades para el fortalecimiento del capital humano y social de las regiones.
Ahí donde ha existido mayor oportunidad de acceso a la propiedad y menores asimetrías sociales, como en la actividad cafetalera, ha florecido la organización local y participación en la vida social y económica.
Otras regiones tuvieron una suerte diferente. Donde predominó la economía de enclave bananera y más recientemente piñera, se generan pocos encadenamientos y la riqueza local depende de los salarios; se han formado obreros disciplinados, pero se ha perdido la capacidad de gestión en pequeña empresa.
Cuando las grandes empresas se retiran, la economía local se deprime, aunque sus riquezas naturales sean grandes, como en la región sur. Por otro lado, en el latifundio ganadero asociado al mini- fundio, como en Guanacaste, tampoco hubo formación ciudadana ni empresarial. Por ese motivo, su población originaria no ha podido beneficiarse del turismo, como lo han hecho comunidades como La Fortuna de San Carlos.
Destaco este factor, que es visible a todo costarricense que observador y que es el gran ausente en los llamados planes y proyectos de desarrollo sectorial y local.
Capacidades locales. El desarrollo regional implica la descentralización de los procesos políticos institucionales; pero, para que esta descentralización no sea de papel, o un esfuerzo fracasado, tiene que asentarse en capacidades locales, las cuales, a su vez, dependen en buena medida de la inversión en capital humano y social preexistente.
Por tanto, no se puede transplantar mecánicamente lo que ha funcionado en otras regiones sin entender por qué funcionó bien ahí. Por ejemplo, en la región norte del país la ‘zona económica especial’ se afirmó sobre un conjunto de capacidades preexistentes y, con posterioridad, ha permitido potenciarlas aún más. Cuando esas condiciones no existen, es preciso crear, primero, una base social que le dé sustento.
Soy consciente de que para la región sur se trata de una carrera contra el tiempo por la inminencia de los plazos (la represa y el aeropuerto inician la construcción en el 2009), pero que puede ser aprovechada, al menos parcialmente, si existe visión y decisión para invertir en lo social, complementando considerablemente los megaproyectos con programas educativos y profesionales; aumentado la matricula y reduciendo la deserción estudiantil; impulsando simultáneamente programas masivos de emprendedurismo y de alfabetización y capacitación empresarial.
Sin embargo, ¡ojo!, hay que evadir la tendencia a ampliar los diagnósticos, proyectos tecnocráticos, que solo generan consultorías. No se trata de limitarse a cursos estandarizados de instrucción o de simulación de realidad, sino de efectivos procesos de capacitación; esto es, acciones y proyectos diseñados y realizados por los emprendedores locales con información sobre su entorno.
Esto implica una revisión de los programas estandarizados del INA y de la acción de las universidades. Se requieren cursos y proyectos adecuados a las necesidades de la región que generen la base social para el desarrollo institucional y empresarial.
Pienso que el movimiento cooperativo, que es el actor económico más importante en la región sur, debería impulsar, conjuntamente con las organizaciones e instituciones locales, mientras haya tiempo, una reflexión oportuna sobre el tema.