En la realidad, lo social y lo económico son caras de una misma moneda, aunque a veces para efectos analíticos y político-electorales se les separe y hasta se les presente como si hubiera una oposición entre ellos.
En efecto, virtualmente todos los indicadores "sociales" (como esperanza de vida al nacer, acceso a servicios de salud básicos y agua potable, grado de escolaridad y alfabetismo, vehículos automotores, teléfonos y periódicos por cada mil habitantes) mantienen una relación directa con la magnitud del producto interno per cápita de los respectivos países y regiones.
La razón es sencilla: para combatir la pobreza es menester crear riqueza. Esto último requiere inversión, creación de empleos y aumento de la productividad de los factores. Una economía que crece poco es incapaz de crear puestos de trabajo con la velocidad de la fuerza laboral. El desempleo y la ineficiencia económica son los principales compañeros de la pobreza. Esta realidad ha sido documentada mundialmente y también en Costa Rica. Precisamente, el informe titulado "El Estado de la Nación" 1996, que patrocinan las universidades públicas, la Defensoría de los Habitantes y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, sobre el cual informamos en nuestra edición del miércoles, presenta evidencia abundante en este sentido. En efecto, señala el citado informe que el año 1996 fue desalentador para la economía nacional, pues el desempleo aumentó, el ingreso real por persona, en vez de crecer, decayó (un 2,7%) respecto al año anterior y el número de familias pobres se elevó del 20,4% en 1995 al 21,6% en 1996.