Dice Octavio Paz de ahí el título de este artículo que la causa de los desastres de las ideologías del siglo XX y el envilecimiento de nuestra sociedad ha sido el ocaso de la noción de persona.
El concepto persona tiene diferentes acepciones según sea el contexto específico donde esté inserta: la teológica y la gramatical son las más conocidas; también aparece en los campos de la Psicología, Derecho, Filosofía, etc. Paz se apropia también de ella para resignificarla y a partir de su propia concepción plantear cómo uno de los grandes males de este siglo radica en que esta noción, tal como él la define, está herida en su centro y ha perdido su asidero.
En forma clara y sencilla, "la persona de Paz" se define como una totalidad concreta, despojada de toda abstracción del lazo indisoluble que debe existir entre alma y cuerpo; en otras palabras, el alma encarnada en un cuerpo; aún con mas énfasis: persona es cuerpo y alma. Esta noción es la que debe subyacer y a la vez regir, las relaciones propias de dos contextos, el amor y la política, los cuales, aunque distantes, son condición sine qua non para el logro de una sociedad modelo, tal vez utópica.
Eje vital. El punto de partida es un estudio sobre la relación persona-amor, lo cual implica que este último es el eje de nuestra vida real, imaginaria y afectiva. Además, como el amor es universal y constitutivo de todas las culturas y mitologías, su suerte es inseparable de la suerte de las civilizaciones mundiales. No debe causar extrañeza que, aunque ejemplificada primero en el amor, la noción de persona tenga también sentido en el campo de la política. Porque si bien amor y política son dos extremos de las relaciones humanas: la privada y la pública (la alcoba y la plaza, la pareja y el grupo en términos más elocuentes de Paz), ambos adquieren su estado idóneo si se sostienen en la noción de persona según la define Paz. Como arco que une estos dos polos, si se pierde en la vida privada, sucede lo mismo en la pública.
¿Qué ha pasado, entonces, con esta noción que debe ser piedra de fundación de nuestra sociedad y manantial de nuestra civilización?
En nuestra cultura, el concepto persona ha sufrido una escisión: la oposición alma-cuerpo, espíritu-material. Esta díada, que debe ser inseparable, se ha fragmentado en forma tajante al suprimírsele uno de sus interlocutores, ya sea el cuerpo o el "no cuerpo" (alma, espíritu, psique). Nuestros patrones culturales han llegado ya sea a una deificación del cuerpo en detrimento del alma o, a la inversa, a una sobrevaloración del alma con la consabida satanización del cuerpo. Hay extremos tales como la fabricación de la persona humana: el cuerpo es objeto mercantil y sujeto a las leyes del mercado, y el alma se ha desplazado a un locus etéreo, descontextualizándola de lo terreno, donde ella, pienso yo, ejerce sus potencialidades. Jerarquizando a uno más que ha otro, se ha dado al traste con el estado idóneo del concepto de persona: el equilibrio entre cuerpo y alma.
Esta "persona de Paz" es la que debe estar en la mira de toda discusión y pensamiento. Es la que debe subyacer en el centro del amplio espectro de opciones y propuestas de mejoramiento social para evitar que se convierta, tal y como ha sucedido, en abstracción, mecanismo, guarismo o tecnisismo, producto de los diferentes avatares político-ideológicos.
Única e irrepetible. Difícil tarea, pues su recuperación implica, por un lado, devolverle a la persona su condición de única e irrepetible (reafirmado recientemente con la lectura del genoma humano) y, por otro, no obviar que es un ser gregario y social perteneciente a una colectividad inserto en determinados contextos espaciales y temporales compartiendo especificidades, producto de la relación alma-cuerpo-contexto cultural. La persona cuerpo y alma individual y la colectividad cuerpo y alma social deben ser atendidas y comprendidas como totalidad. La distribución y diseño de políticas socioculturales, así como nuestra percepción de la persona, deben otorgar igual importancia tanto a sus necesidades físicas como espirituales, a sus alimentos naturales y culturales, al rejuvenecimiento y ejercicio del cuerpo y del alma-psique. En síntesis, a las exigencias, en el buen sentido del término, de nuestro cuerpo y de nuestra alma.
Por eso los totalitarismos de cualquier índole, y ejemplifico para nuestro propósito con una faceta de la globalización cual es la homogeneización cultural (de almas y cuerpos), se sustraen a la singularidad y diversidad de la noción de persona individual y colectiva.
Volviendo a Paz, su propuesta es que si el mundo ha de recobrar la salud, la cura debe ser dual: la regeneración de la política incluye la resurrección del amor. Ambos, amor y política, dependen del renacimiento y recuperación de la noción, de persona como alma y cuerpo. Ello debe ser eje y centro de nuestras preocupaciones. Tal vez con ello disminuyan los males de la sociedad.