Estamos acostumbrados a atribuirles poderes transformadores de la vida social a los instrumentos materiales y visibles de la tecnología y a pensar que solo de ella depende el progreso.
Esta visión limita nuestra la innovación, especialmente en países como el nuestro, limitados de recursos. La crisis que sacude la industria automotriz estadounidense no obedece al rezago de la tecnología material, sino a problemas de gestión y organización interna de esta industria, que no se ha podido recuperar de las ventajas que en este campo le impuso la industria japonesa.
Las formas de organización son un elemento de importancia creciente en el desarrollo contemporáneo que se encuentra a nuestro alcance, a bajo costo.
Experiencias históricas. Sobre el poder y los alcances de la organización participativa, se ha escrito mucho y hablado aún más. En el ámbito mundial existen experiencias contundentes en el plano militar.
La guerra de Vietnam fue ganada por un pueblo campesino, pero altamente organizado, a la mayor potencia militar y tecnológica del mundo, como bien lo describe W. Burchet en sus libros sobre esta guerra.
William Deming, estadounidense promotor desde los años treinta de la “calidad total”, que incorpora la participación de los trabajadores en las empresas, y aunque no logró eco en su país, aferrado entonces a la gestión vertical industrial, revolucionó la gestión empresarial japonesa, después de la Segunda Guerra Mundial.
En nuestro país se ganó también otra guerra con esta tecnología, esta vez en el ámbito de la salud. El Hospital sin Paredes de San Ramón, a finales de los sesenta y principios de los setenta, organizó a las comunidades de cinco cantones para la salud, logrando la reducción espectacular de la mortalidad materno-infantil, que atrajeron la atención de la Organización Mundial de la Salud y contribuyeron a la reforma mundial de salud. El éxito de Coopesa R. L., o de la Cooperativa Dos Pinos, entre otras, obedece a este factor.
Pero la participación ha sido también un concepto gastado en la boca de demagogos y populistas, que Raff Carmen llama “participulación”, utilizado para encubrir la manipulación de los bienes e intereses colectivos. Por esta razón y por no creer posible otro tipo de organización más que la piramidal, basada en el orden y mando, ha sido satanizada por los gerentes tradicionales y políticos conservadores.
Formas de organización participativa han venido ganando terreno en el mundo empresarial, por medio de la “calidad total” y otras formas de gestión posindustriales, que adquieren nivel competitivo en la medida en que involucran en las decisiones operativas a sus trabajadores.
Clave del éxito. Dentro de las organizaciones cooperativas y asociativas, tanto productivas como comunales, existen experiencias muy exitosas de esta forma de organización, aunque en otros casos no sea así. ¿En qué consiste la diferencia que hace a unos exitosos y a otros no si la forma de personería jurídica es la misma?
En lo fundamental, la diferencia ha estado en los siguientes factores: 1) La organización responde a una necesidad cuya solución exige compartir insumos o medios; 2) Existe información fluida sobre la gestión; 3) Existe autonomía operativa y mecanismos de control ágiles que les permiten intervenir y cambiar la dirección si se aparta de sus objetivos.
La organización participativa está lejos de ser una frase ideológica o una cualidad atribuible a una personería jurídica, es ante todo una construcción social que responde a las necesidades de la nueva tecnología de producción diferenciada y a la complejidad creciente de la gestión local. Se trata de formas inherentes a las nuevas condiciones de producción y de organización social. Es requerida por el nuevo ordenamiento socio-productivo y al mismo tiempo posibilitada y estimulada por las tecnologías de la información y comunicación (TIC).
En este sentido, debemos poner atención también a este tipo de tecnología de importancia creciente en el mundo contemporáneo, especialmente en países de recursos financieros y materiales limitados como el nuestro. Para su desarrollo, lo único que se requiere es una necesidad real y gente deseosa de resolverla. Se requiere, eso sí, de autonomía efectiva y alfabetización empresarial y organizacional. Lo demás viene por añadidura una vez que se activan las capacidades de la gente.
El primer paso es tomar conciencia de la importancia de la tecnología organizacional para que nos concentremos en su desarrollo. Al igual que el fuego de Prometeo, esta tecnología estimula la visión y entrega a las comunidades y organizaciones el poder real, tanto para enfrentar las amenazas de desastres como para emprender de forma sistemática el desarrollo comunal y empresarial nacional.