Las administraciones locales o municipalidades no levantan cabeza principalmente por dos razones. Primera, porque pese a que sus intereses son locales y diferentes, están amarradas como satélites a la política nacional, donde son comparsas que mueven las correas de transmisión del poder de base clientelar de los partidos nacionales, lo que inevitablemente perjudica los intereses locales, que pasan a un segundo plano.
Dado lo puramente local y administrativo de las funciones que les corresponde a las municipalidades, tal circunstancia resulta igual de absurda como si todas las organizaciones de la vida civil, que igualmente gestionan intereses especializados, se integrasen y dirigiesen en función de los partidos políticos nacionales, y no de su núcleo propio de intereses. Por eso, y para evitar tan profunda distorsión que disloca toda la función municipal, debiera más bien estar prohibido que en las elecciones de munícipes y alcaldes participen los partidos nacionales.
Así lo capta el elector, según lo demuestra el éxito que en la reciente elección de alcaldes, tuvieron algunos partidos locales en comunidades pequeñas, que se centraron de una manera creíble en lo local; en cambio, los otros convocaron para elegir el agente local del partido y por eso obtuvieron abstención masiva o repudio.
Segunda, porque, contra la propia Constitución, que les encarga a los municipios, no el gobierno –a la manera de un estado federado– sino la administración de los intereses locales, los municipalistas pretenden que estas entidades sean algo así como estados autónomos de una federación y que se encarguen de todo lo que no pueden. Con lo que más bien las matan de agobio y de imposibilidad.
Solo hubo perdedores. Por eso, contrariamente a lo que se dice, los grandes ganadores de la última elección de alcaldes no son los dos partidos tradicionales, que en conjunto lograron la mayoría de las alcaldías, porque eso solo fue un triunfo pírrico que tuvo el precio del espléndido rechazo de más de un 80 por ciento de los electores. Por lo que en realidad no hubo ganadores, sino solo perdedores. Los exiguos votos que lograron movilizar los ganadores fueron los de su maquinaria partidista, y de su clientela cautiva de partidas específicas, bonos y puestos, armada y bien aceitada, luego de tantas elecciones, con el dinero estatal, deuda política, bonos y otros favores condicionados, tanto nacionales como locales. Pero el elector no condicionado no se movilizó. Y así no hay gane, solo pérdidas para la democracia. Los partidos nacionales, menores y pequeños, que lograron muy poco o nada, solo demuestran la tesis de que en estas elecciones los partidos deben ser solo locales, porque estos perdieron también en tanto que respondían a intereses exógenos de esa elección.
A intereses locales, partidos locales, esta es a mi juicio la gran lección de esta elección, si es que se quiere despertar el interés del elector, y no lesionar la autonomía municipal, que por definición resulta afectada con ese amarre actual al carro del poder hegemónico de los partidos nacionales. Se necesitan “Yuntas” y “Siglos XXI” en todos los cantones. Además tales partidos locales, sin mayores requisitos deben poder ser organizados por las distintas fuerzas de la sociedad civil. Igualmente los candidatos a alcalde deben poder ser señalados por el elector en las papeletas, que para eso han de tener casillas en blanco.
Se requiere, por tanto, la transformación del régimen de votación municipal hacia la libertad y el predominio del interés local y de la administración, que es el campo de acción propio de las municipalidades, en el que están llamadas a desempeñar un gran papel, que sí están en capacidad de desempeñar.