Opinión

La liberación de los educadores

La recuperación de la educación debe arrancar de la preparación de los educadores.

Juan José Sobrado Ch.

Pocas profesiones pertenecen por naturaleza, a un orden espiritual y moral tan elevado, como la del educador. El maestro y el profesor forman las inteligencias, los espíritus y los corazones de las nuevas generaciones, por lo que es una de las profesiones más importantes que existen en la sociedad. Y, por eso, si falla, el resultado es terrible. Al igual que en cualquier otra profesión, la calidad de sus contenidos y de sus resultados, determina en definitiva su valoración, en especial, la social, de la que depende, entre otras cosas, su prestigio y su remuneración económica. Esta última, aún dentro de los parámetros burocráticos que la limitan, se determina en definitiva, según el resultado de su apreciación social. Por ello, una caída importante de la calidad de la educación, daña directamente en todo sentido a los educadores, quienes deben ser por eso los más celosos defensores de la calidad de lo que imparten. Es por eso que el deterioro que el pedagogismo ha logrado causar en la educación, según hemos tenido ocasión de analizarlo en artículos anteriores, lo convierte también en el enemigo público número uno de los educadores, aunque pretenda simular lo contrario.

Sin necesidad de muchos análisis, cualquiera que compare lo que se enseñaba antes del pedagogismo y su aprovechamiento, con lo que se enseña ahora y sus resultados, comprobará que esa ideología equivocada, es la causa de la caída que se denuncia, y por ende, en lo que aquí interesa, del daño que indirectamente infligió a los educadores. De esta manera concreta y muy visible, bastaría con poner sobre la mesa lo dicho antes y después, para entender cuál es el problema. Agregando además en la comparación, lo que estudiaban los maestros y los profesores, antes y después del pedagogismo, se entendería por qué dicha corriente de pensamiento afectó gravemente a la profesión como un todo. Ya que, cuando el pedagogismo devaluó la enseñanza a los alumnos, las universidades bajaron el nivel de preparación de los educadores, para adaptarse y competir, porque en ese nivel de cosas, la demanda también termina condicionando la oferta. La excelente preparación normalista de los maestros, o de los antiguos profesores de Estado, que existía como norma antes del pedagogismo, desapareció, y la actual, luego de años de erosión pedagogista, no resiste la más leve comparación con aquéllas.

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