Los politólogos se preocupan, y con razón, de la manipulación de la verdad para efectos políticos, mediante la propaganda. En la moderna sociedad de masas, la imagen creada por la propaganda y divulgada por los medios de comunicación no siempre corresponde a la verdad, y puede más bien presentar un producto falso.
Esta disparidad entre imagen y verdad es una de las mayores amenazas para la democracia y el sistema representativo, equivale en lo político al engaño que conduce a la estafa, de la que se ocupa el Código Penal.
La rebelión de las urnas, en que prácticamente la mitad del electorado le volvió las espaldas a los dos partidos tradicionales, es fundamentalmente una rebelión contra la mentira y a favor de la verdad, tal como dije en un artículo anterior: contra la imagen falsa que no corresponde a la verdad.
Resultados podridos. Lo que no tomaron en cuenta quienes, confiados en la propaganda pretendieron seguir explotando el producto falso, es que no hay propaganda que valga ante resultados podridos, que nuestra sociedad sigue siendo pequeña y al final todos se conocen, aunque el proceso puede tomar algún tiempo. Los hechos que ocurren alrededor de una persona se van percolando por todo el cuerpo social y al final llegan a casi todos, por lo menos a esa mitad mejor informada y más crítica que votó en contra de los dos partidos mayoritarios tradicionales. Todo es cuestión de tiempo, y el tiempo se cumplió. Y pronto le llegarán también a la otra mitad del electorado, que todavía confunde la imagen con la realidad, porque a partir de ahora el proceso se acelera.
Un país de apenas 4 millones de habitantes, de los cuales las tres cuartas partes habitan en los 2.000 kilómetros cuadrados del Valle Central, tiene una contextura social y psíquica de inevitable cercanía personal, que en algún momento termina traspasando los límites del mundo virtual de la propaganda, y enfrentándolo a la realidad, que en su caso lo deshace y sustituye.
De modo que cualquier engaño está condenado a muerte, aunque por algún tiempo funcione. Y a este el plazo le llegó. Ahora bien, si ya no estamos para engaños y no nos queda más opción para la segunda ronda que votar en blanco o por alguno de los dos partidos que quedan, solo un profundo encuentro con la verdad y el otorgamiento en su caso de garantías y rehenes podrían motivar una decisión.
Responder por el engaño. Lo primero es que ambos partidos encaren y respondan por el monumental engaño que constituye el financiamiento de sus campañas. Aunque la Constitución obliga a hacer públicas todas las contribuciones privadas, han negado la información con pretextos, y, a pesar de que la ley prohibe toda contribución que exceda cierto límite o que no provenga de personas costarricenses, no han aportado respecto de las informadas prueba de tales circunstancias, a lo que están obligados. Por el contrario, estamos ante la escandalosa situación de que, tal como la ha denunciado Transparencia Internacional, respecto a la gran mayoría de los gastos no amparados por el adelanto del Estado, no se han justificado los ingresos. E incluso, al Partido Liberación Nacional se le ha comprobado simulación de contribuciones, lo que agrava aún más su situación.
Todo esto constituye un inmenso acto de ilegalidad y de corrupción, por el que deben responder ambos partidos, previo a solicitar votos para la segunda ronda. Porque los electores debemos saber con anticipación por quién realmente estaríamos votando, ya que quien paga la música manda en el baile. Y porque ya las palabras mero viento o trazos en el papel y la credibilidad se agotaron, y ahora solo habla la realidad.