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¿Y si la inteligencia artificial termina siendo nuestro peor riesgo?

¿Será nuestra aversión al riesgo la que prevalezca, ante unas consecuencias enormes, pero de signo tan negativo como para cuestionar la supervivencia de nuestra especie?

Código binario de 1 y 0 sobre ojo humano. Un ojo humano que refleja códigos. Sugiere que tratamos de comprender una tecnología que avanza más allá de nuestra capacidad para interpretarla.
Hoy, más que nunca, el ser humano se enfrenta a una tecnología que avanza más rápido que su capacidad para comprenderla. Najmi Arif

Como especie, nuestros organismos presentan claras limitaciones biológicas. Las más obvias, como la ausencia de caparazones protectores, la escasa capacidad para alzar objetos pesados y nuestra pobre velocidad de desplazamiento, hemos logrado superarlas merced al desarrollo de distintas tecnologías. Otras, de naturaleza sensorial (estrechos espectros visual y auditivo), también las hemos podido salvar.

Pero hay otras barreras, no menos biológicas, que se hacen patentes en nuestras capacidades cognitivas. No solo tenemos una relativamente pobre capacidad de almacenamiento y tendemos a reaccionar lentamente, sino que mostramos desviaciones sistemáticas y perceptibles a la hora de evaluar situaciones y tomar decisiones. La psicología ha estudiado, muy especialmente en los últimos 50 años, estos sesgos cognitivos, y nos ha demostrado que ni siquiera el conocimiento de su existencia y funcionamiento son capaces de eximirnos de sus efectos. Hemos evolucionado así y no hay mucho que podamos hacer al respecto.

Pero a un nivel aún más profundo, más primario, nuestra evolución nos ha hecho también organismos cautos. Todos contamos con sistemas de activación e inhibición conductuales cuyos componentes y combinaciones hacen que algunos seamos más inhibidos o cautos que otros humanos.

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