Como especie, nuestros organismos presentan claras limitaciones biológicas. Las más obvias, como la ausencia de caparazones protectores, la escasa capacidad para alzar objetos pesados y nuestra pobre velocidad de desplazamiento, hemos logrado superarlas merced al desarrollo de distintas tecnologías. Otras, de naturaleza sensorial (estrechos espectros visual y auditivo), también las hemos podido salvar.
Pero hay otras barreras, no menos biológicas, que se hacen patentes en nuestras capacidades cognitivas. No solo tenemos una relativamente pobre capacidad de almacenamiento y tendemos a reaccionar lentamente, sino que mostramos desviaciones sistemáticas y perceptibles a la hora de evaluar situaciones y tomar decisiones. La psicología ha estudiado, muy especialmente en los últimos 50 años, estos sesgos cognitivos, y nos ha demostrado que ni siquiera el conocimiento de su existencia y funcionamiento son capaces de eximirnos de sus efectos. Hemos evolucionado así y no hay mucho que podamos hacer al respecto.
Pero a un nivel aún más profundo, más primario, nuestra evolución nos ha hecho también organismos cautos. Todos contamos con sistemas de activación e inhibición conductuales cuyos componentes y combinaciones hacen que algunos seamos más inhibidos o cautos que otros humanos.
Existe en nuestra especie una muy marcada actitud de preferir resultados que anticipamos seguros a aquellos que comportan incertidumbre cuando estimamos el resultado favorable. Sin embargo, cuando lo estimamos potencialmente lesivo, preferimos la incertidumbre a la certeza. Hablamos de aversión al riesgo en las ganancias para referirnos a la primera actitud, y búsqueda del –o disposición al– riesgo en las pérdidas a la segunda actitud.
En un experimento clásico, preferimos 500 colones en efectivo a la probabilidad de ganar 1.000 colones con un 50% de probabilidad (matemáticamente, el resultado esperado es el mismo), pero preferimos un 50% de probabilidades de perder 1.000 colones que perder 500 con total seguridad. En resumen, somos mucho más sensibles a las pérdidas que a las ganancias.
Aunque no parezca a simple vista una actitud muy racional, parece responder a una intuición profunda, que no deja de estar justificada por la realidad. Si nuestra fortuna es de 1.000 y ganamos 200, la hemos incrementado en un 20%, pero si perdemos 200, requerimos una recuperación del 25% para volver al nivel original de riqueza. Cualquiera que invierta percibe rápidamente la diferencia.
Traigo a colación esta digresión para tratar de entender cómo estamos abordando, como individuos, tanto los rápidos cambios que se han producido en los últimos 50 años (muchos de los cuales han sido objeto de mis columnas) como los que, cada vez más rápidos y radicales, nos esperan en el futuro más inmediato. En especial, los relacionados con cambios tecnológicos.
Por regla general, adoptamos nuevas tecnologías porque vienen a resolvernos algún problema preexistente o porque nos brindan nuevas capacidades y funcionalidades de las que carecíamos antes. Y lo hacemos sin darnos tiempo a sopesar las consecuencias deletéreas que esas mismas tecnologías pudieran tener en nuestras vidas, especialmente en ámbitos que, en principio, uno presumiría alejados o ajenos a esas tecnologías.
Y como los ciclos de adopción de esas tecnologías son cada vez más cortos, de menor duración, esos problemas se van acumulando, siempre a la zaga, pero creciendo en número y gravedad. Pero, a como se aceleran los ciclos de adopción, también parecen estarse acelerando las evaluaciones sobre los efectos, incluyendo los no deseables.
Así, tardamos casi dos décadas en darnos cuenta de que las redes sociales no son tan benéficas ni benévolas como podríamos creer en nuestra ingenuidad primera, y acabamos de asistir a una multa histórica a una de estas empresas por engañar a sus usuarios acerca de las condiciones de privacidad en el uso de su plataforma.
Algo similar está sucediendo ya con la inteligencia artificial. Su primera versión de acceso público, la IA generativa, se universalizó en prácticamente tres años, pero ya sabemos que su uso en ámbitos educativos, públicos o políticos ya ofrece abundantes ejemplos de consecuencias nocivas para individuos y sociedades.
Pero es la adopción de la más reciente y poderosa, la IA agéntica, en la que las capacidades no solo son mucho mayores, sino que exceden en muchos casos nuestra capacidad tanto de entenderla como de controlarla, la que me genera curiosidad.
¿Prevalecerá en nosotros el atractivo de una, aunque potencial, enorme ganancia en muchos ámbitos, aun cuando estas puedan ser más colectivas que individuales? ¿O será nuestra aversión al riesgo la que prevalezca, ante unas consecuencias también enormes, pero de signo tan negativo como para cuestionar la supervivencia de nuestra especie?
¿Será esta tecnología el culmen de nuestra evolución cultural, hasta la fecha? ¿O será la que demuestre que nuestras limitaciones biológicas y cognitivas son tales que terminaremos siguiendo, indefectiblemente, el camino del dodo?
inigolejarza@pm.me
Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.