¿Acaso no podemos quitarle nuestras pilas al megáfono de lo intrascendente? ¿Por qué facilitarle el uso de nuestra bocina al discurso de lo trivial?
¿Por qué intoxicarnos cada mañana con las dosis de veneno que nos sirven como desayuno? ¿Qué tal si los privamos del micrófono cuando no lo merecen y se lo cedemos a otras voces? Imagen generada con IA
¿Qué tal si los privamos del micrófono cuando no lo merecen y se lo cedemos a otras voces? ¿Por qué no alejar de ellos el lente de la cámara cuando no vale la pena enfocarlos, y apuntar más bien hacia otros rostros? ¿Qué nos impide desconectar, cuando así lo demanda la ocasión, los reflectores del escenario, dejarlos a oscuras y llevar nuestras luces a otros teatros?
Sí, la revolución de la indiferencia.
¿Acaso no podemos quitarle nuestras pilas al megáfono de lo intrascendente? ¿Quién dice que no podemos negarle nuestra energía al parlante de lo insustancial? ¿Por qué facilitarle el uso de nuestra bocina al discurso de lo trivial?
Claro, el complot del silencio.
¿Y si dejamos de hacerles publicidad gratuita en Facebook? ¿Y si no nos prestamos más para sus campañas de mercadeo en Instagram? ¿Y si le cerramos las puertas de X a su afán de hacer ruido?
En efecto, el levantamiento del espíritu crítico.
¿Por qué intoxicarnos cada mañana con las dosis de veneno que nos sirven como desayuno? ¿Qué sentido tiene engullir la sopa de ponzoña que ponen en nuestra mesa cada mediodía? ¿Para qué cerrar el día cenando una ensalada de cicuta que saben preparar los chefs de los platos que nos roban el sueño?
Por supuesto, el activismo del buen gusto.
La idea es no conferirles una importancia excesiva e inmerecida, negarse a replicar cuanto espectáculo montan, abstenernos de morder el anzuelo de sus provocaciones. (Imagen generada con IA/Imagen con fines ilustrativos)
No se trata de desatendernos por completo de lo que hacen, dicen, traman o inventan, pues la experiencia ha demostrado que es sumamente peligroso perderlos absolutamente de vista.
Hoy, más que nunca, no hay que renunciar al sano deber de la fiscalización ciudadana, pero esta debe ser racional y comedida.
La idea es dejar de darles tanta bola, no conferirles una importancia excesiva e inmerecida, negarse a replicar cuanto espectáculo montan, abstenernos de morder el anzuelo de sus provocaciones, impedirles que nos impongan sus juegos y sus reglas. Diferenciar lo esencial de lo accesorio.
Ya lo dijo Lutero…
¿Por qué no restarle peso, en las cotidianas partidas del ajedrez nacional, a los peones de la mentira? ¿Acaso estamos obligados a sumarnos al boca a boca del juego de cartas de quienes ocultan ases bajo la manga? ¿Por qué contribuir a viralizar la fama de una ruleta en la que quien no es negro es rojo?
Eso mismo, la insurrección del pensamiento.
¿Qué sentido tiene consentir que nos hagan perder el juicio para alucinar, como don Quijote, con enemigos gigantescos donde solo hay molinos de viento? ¿Por qué apresurarnos a salir en carrera cada vez que procuran asustarnos con el: “¡Viene el lobo!”? ¿Qué ganamos con negar tres veces a amigos y parientes antes de que cante el gallo del odio?
En otras palabras, la rebelión de la sensatez.
¿Por qué enfrentar como incendio lo que es apenas una chispa para distraer? ¿Amerita convertir en un alud de palabras, videos y memes lo que no pasa de ser un ordinario deslizamiento? ¿No es desmesurado activar una alerta de inundación ante cualquier llovizna?
Llamémoslo el alzamiento del justo equilibrio.
¿Y si dejamos de darles tanta importancia? ¿Y si renunciamos a inflar aún más sus egos y vanidades? ¿Y si les recordamos con nuestras acciones que el verdadero protagonista es el país?
La subversión del plantón.
Sí, tenemos que dejar de actuar en automático, como robots programados para activarse con el conflicto.
Es necesario retomar el control de nuestras acciones y reacciones, recuperar el sentido de lo trascendental, seleccionar bien nuestras prioridades y batallas para no navegar como país a merced de las corrientes de la arbitrariedad y la ocurrencia.
Costa Rica necesita que sepamos separar la paja del grano.
En este contexto, resulta útil el consejo de Martín Lutero (1483-1546), el fraile católico agustino alemán que impulsó la Reforma protestante en su país: “La mejor forma de expulsar al diablo, si no se rinde ante el texto de las Escrituras, es mofarse y no hacerle caso, porque no puede soportar el desprecio”.