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Un relato de misterio: el soplo que mi abuelo guardó toda su vida

Doña Rufina limpió al niño con agua tibia y le sopló tres veces sobre el pecho. ‘Para que el alma se acomode’, murmuró. Le cortó el cordón, lo amarró con hilo rojo, lo envolvió y lo puso junto a su madre

Ilustración de José Pablo Ureña
Ilustración de José Pablo Ureña Ilustración de José Pablo Ureña
Ilustración de José Pablo Ureña
Salió al corredor y lo vio: un hombre de blanco, empapado, bajo la lluvia. No se le veía el rostro. Dijo que buscaba abrigo, que el río se había salido y no encontraba el camino. (Ilustración de José Pablo Ureña/Ilustración de José Pablo Ureña)

Llovía sin descanso, como si el cielo quisiera limpiarlo todo. Doña Rufina caminó descalza por el sendero empinado, en medio de una noche que arrastraba todo a su paso. Había caminado desde Grifo Alto con una lámpara envuelta en un trapo. El río traía piedras y ramas, y los relámpagos alumbraban los cerros como si quisieran abrirlos por dentro.

Cuando llegó a la casa, la madre ya gemía bajito. Tenía el rostro pálido y las manos heladas; su marido hervía agua y no dejaba de mirar la puerta, como si esperara que alguien más llegara, aunque afuera no había nadie. Solo el reclamo necio de la lluvia.

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