El vendedor de aventuras me alcanza un portafolio de hojas forradas en plástico que me permite pasear sin moverme: La Habana Vieja, Varadero, Viñales, Santiago. De lo que busco no hay “ná”.
–Lo pide muy poca gente– responde cuando pregunto a qué se debe la ausencia de un tour que lleve a los lugares por donde pasó Ernest Hemingway durante su tiempo en la isla.
El hombre me ofrece armar el viaje exclusivamente para mí, pero será más caro. Convencido de que “voy a pensarlo” equivale a “no, gracias”, me inclino por decir “voy a pensarlo”.
–Mira– dice cuando casi voy saliendo–, busca un chofer, dile qué quieres y negocias con él.
La idea es buena, aunque sería mejor si yo conociera algún chofer en la ciudad. De vuelta en mi hotel, comento lo ocurrido con un empleado y al conductor de confianza solo le falta materializarse ante nosotros. Da la casualidad de que el trabajador conoce a uno y, otra casualidad, está afuera, estacionado en la calle con su carro a prueba de embargos. Voy a verlo y parece listo para partir de inmediato. Poderoso caballero es Andrew Jackson. Comparto mi plan y acordamos un monto; dice que me lleva, me espera todo el tiempo que necesite para “tirar fotos” y me devuelve al hotel.
–¿Mañana a las ocho?
– Mañana a las ocho.
Llega mañana y aún no son las ocho cuando el chofer entra al lobby buscándome. Saluda como si fuéramos conocidos de años y eso, la verdad, me da confianza. El carro –celeste y muy bien cuidado– tiene por dentro un olor pesado a combustible, como si el escape estuviera conectado a la cabina. Es un aroma muy parecido al que sale del puerto y con el que mi nariz asocia siempre a La Habana.
En estas primeras horas, el día avisa sobre el calor que socará después. Cuba es un verano sólido que baja fácilmente en hilos de sudor por la panza.

Le recuerdo al ya casi amigo que deseo visitar Cojímar, el pueblito costero en el que Hemingway anclaba su yate de pesca y donde habría encontrado la inspiración para escribir El viejo y el mar. La conversación agarra altura, como hacen los papalotes cuando corre buen viento. Me cuenta que es profesional, graduado en la difunta Unión Soviética, pero que las cosas (palabra pequeña capaz de contenerlo todo) lo llevaron a buscar otra forma de “resolver” (término cubano tan amplio como un diccionario de sinónimos).
En el camino se me ocurre ampliar el viaje y continuar, después de Cojímar, hasta Finca Vigía. El chofer accede, pero eleva el precio. Hablamos y lo baja. También es bueno ganar-ganar cuando se anda de vacaciones.
De una carretera principal sale un brazo que lleva al corazón de Cojímar, que quizás se habría visto más triste sin toda la luz que le aporta el mar. Hemingway mira desde un busto en un monumento mal atendido. Fotografío una veranera salvaje que parece feliz con tanto infierno. Sé, porque lo leí, que sigue abierto el restaurante La Terraza, donde comía el escritor, y hacia allá me dirijo.
En una esquina con ganas de ser rincón, hay colocados platos y cubiertos en una mesa histórica en la que faltan siempre los comensales. Un cordón se interpone entre los objetos y los visitantes. La cara y el corpachón del escritor-boxeador-cazador protagonizan el blanco y negro de muchas imágenes.
Miro por una ventana: sobre el agua más próxima, la presencia de aceite se revela en amplias manchas tornasol. Huele otra vez a combustible. Me prometo que algún día almorzaré en La Terraza y regreso a la calle.

Encuentro al chofer dormido dentro del carro, disfrutando, bajo una sombra, el poquísimo viento. El recorrido sigue y la conversación también. No entiende mi interés por el viejo Ernest y no insisto en que lo entienda. Le cuento que años atrás, en La Habana Vieja, me asomé a la habitación que el escritor alquiló en el Hotel Ambos Mundos antes de tener casa propia, y que experimenté la sensación de que iba a llegar de pronto y a pedir campo para pasar. Eso sí lo comprende.
Quiero saber cuánto falta para llegar y calcula: “Veinte kilómetros”. La carretera es llana y agosto, un reguero de brasas. Más adelante, nos desviamos por una calle que pega contra un portón. Una mujer cobra la entrada. El chofer seguirá durmiendo; no le interesa la mansión de un desconocido.
Camino despacio, como lo hacemos siempre en las salas de los museos, y entre escasos visitantes. Es inevitable sentirse como un intruso.

Al Pilar, el yate de Hemingway, lo rodea una pasarela por la que es posible moverse para verlo desde diferentes ángulos y alturas. No cuesta mucho imaginarlo en media faena en el golfo de México, lleno de hombres emocionados luchando entre cuerdas contra un pez al que aún no ven. Todo eso corresponde al ayer. El Pilar es hoy una pieza inmóvil, como las cabezas de animales disecados que pueblan en manadas las paredes de la casota.
En un piso superior, en la torre vigilante de la propiedad, sorprende una máquina de escribir cansada y bella. Es uno más de los “tácitos esclavos” (gracias, Borges) que sirvieron a Hemingway para trasladar a las palabras cacerías en África o amores brotando entre las grietas de una guerra. Los hombres conservamos objetos que nos hablan; muchos durarán “más allá de nuestro olvido”.
Desde la torre, a lo lejos, veo La Habana; cerca, abajo, los flamboyanes en flor.

Era verano y había mucho tiempo disponible. La aventura empezó entre inquietudes, se construyó entre impulsos y cerró en las afueras de La Habana.
