
La salud mental dejó de ser un asunto periférico. Los datos obligan a colocarla en la agenda de quienes toman decisiones y, también, de la Iglesia. El papa León XIV pidió rezar para que la pastoral de la salud mental se integre en toda la Iglesia y contribuya a superar el estigma y la discriminación que todavía afrontan quienes padecen enfermedades mentales. Podría parecer una preocupación estrictamente pastoral. No lo es.
Veamos los datos. Según datos publicados en 2025 por la Organización Mundial de la Salud, más de mil millones de personas viven con algún trastorno de salud mental. Estamos ante uno de los grandes desafíos sociales y económicos de nuestro tiempo.
Los costarricenses atendidos por problemas de salud mental pasaron de 97.192 en 2020 a 141.995 en 2025: un aumento del 46% en apenas cinco años.
Hay un dato aún más revelador. La mayor incidencia se concentra entre los 20 y 44 años, seguida por el grupo de 45 a 64 años. Es decir, afecta principalmente a la población económicamente activa.
Por eso, hablar de salud mental es también hablar de productividad, ausentismo, desempeño, continuidad operativa y retención de talento.
Las cifras lo confirman. En 2020, la Caja Costarricense de Seguro Social registró 8.481 atenciones de emergencia relacionadas con intentos de suicidio. Para 2025, superaron las 12.000.
El trastorno mixto de ansiedad y depresión, por su parte, acumuló más de 1,5 millones de días de incapacidad en aproximadamente 52.500 personas durante los últimos seis años. Y el total de días de incapacidad por diagnósticos de salud mental pasó de unos 540.000 en 2020 a más de un millón en 2025.
No estamos frente a una tendencia menor, sino frente a un problema estructural.
¿Un modelo sostenible?
León XIV hizo una observación: “La salud mental se ve cada vez más amenazada en sociedades consideradas avanzadas. Esto es una señal de que hay algo profundamente equivocado en una cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales”.
¿Puede llamarse sostenible un modelo de crecimiento que deteriora la salud mental de quienes lo sostienen? No se trata de cuestionar la productividad, la exigencia o la búsqueda de resultados. Se trata de entender que ninguna organización es sostenible si desgasta sistemáticamente su principal activo: las personas.
La Iglesia tiene también su responsabilidad: combatir el estigma, acompañar mejor y comprender que la fe no sustituye la atención profesional. La empresa tampoco debe convertirse en consultorio, ni el gerente en terapeuta. Cada institución debe asumir la parte que le corresponde.
Los datos ya están sobre la mesa. La pregunta para quienes toman decisiones ya no es si la salud mental merece un lugar en su agenda. La pregunta es por qué, frente a estas cifras, todavía no ocupa uno de los primeros lugares.
Germán Salas M. es periodista.
