La política está cambiando y algunas veces no nos damos cuenta. Mientras algunos partidos siguen creyendo que una campaña electoral consiste únicamente en llenar plazas, colocar vallas publicitarias, asistir a debates y repetir discursos, lo ocurrido recientemente en Brasil nos demuestra que la ciudadanía tiene hoy herramientas para organizarse y participar en la política como nunca antes.
El 25 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva consiguió su reelección como presidente de Brasil, después de haber perdido la primera vuelta frente a Flávio Bolsonaro. Sin embargo, detrás de aquella remontada apareció un protagonista inesperado: André Janones, un diputado federal que logró convertir un canal de WhatsApp en una estructura de movilización política que reunió a millones de personas.
El propio Lula terminó llamándolo “nuestro general”, en reconocimiento al papel que desempeñó durante las tres semanas más decisivas de su campaña.
Pero esta historia va mucho más allá de Lula, de Janones y de las diferencias entre izquierda y derecha. Se trata de algo que merece nuestra atención: el poder que puede alcanzar una ciudadanía cuando encuentra las herramientas para organizarse alrededor de un objetivo común.
¿Quién es André Janones?
André Janones es un abogado y diputado federal brasileño de 42 años, originario de Minas Gerais. Antes de llegar a la política, trabajó como cobrador de autobuses y logró abrirse camino mediante una combinación de activismo, comunicación y presencia en redes sociales.
Aunque es aliado de Lula, Janones no pertenece al Partido de los Trabajadores (PT), sino a Rede Sustentabilidade, una agrupación política de orientación progresista y ambientalista.
Este detalle hace todavía más interesante su participación, pues demuestra que las diferencias partidarias no necesariamente impiden construir alianzas alrededor de un objetivo común. Janones y Lula, sin compartir militancia política, encontraron una causa que consideraron superior a sus respectivas organizaciones: el futuro de Brasil.
Esto demuestra que, en determinadas circunstancias, la política puede trascender las siglas partidarias y concentrarse en un proyecto de país.
Janones tampoco representa el perfil convencional del asesor político. Su comunicación es directa, informal y, en ocasiones, confrontativa. Sin embargo, comprende algo fundamental de nuestra época: las redes sociales no son solamente espacios para publicar fotografías o discursos, sino herramientas que pueden conectar personas, construir comunidades y organizar acciones colectivas.
De una derrota electoral a un ejército de ciudadanos
El 4 de octubre de 2026, Lula obtuvo el 45,16% de los votos en la primera vuelta, frente al 47,03% de Flávio Bolsonaro. La diferencia superaba los 2,2 millones de votos y obligaba a replantear parte de su estrategia electoral.
En medio de aquella situación apareció el denominado “Ejército de Lula”, un canal de WhatsApp impulsado por Janones que experimentó un crecimiento extraordinario y llegó a reunir aproximadamente 10,8 millones de seguidores durante la segunda vuelta.
Pero lo verdaderamente interesante no fue solo la cantidad de personas que se sumaron, sino lo que comenzaron a hacer.
Janones organizó una estructura en la que los participantes recibían instrucciones específicas, denominadas “misiones”, en donde estas consistían en compartir publicaciones, difundir videos, promover conversaciones, impulsar tendencias y coordinar actividades simultáneas en diferentes plataformas digitales.
En ocasiones, miles de simpatizantes recibían instrucciones para publicar determinados contenidos a una hora específica, buscando aumentar su visibilidad en las redes sociales.
Pensemos por un momento en lo que eso significa…
Millones de personas, desde sus casas, sus trabajos o sus teléfonos celulares, podían participar en una campaña sin necesidad de asistir físicamente a una concentración política.
Un ciudadano común, sin ocupar un cargo público, sin pertenecer a la dirigencia de un partido y sin contar con grandes recursos económicos, podía convertirse en parte activa de un movimiento; entonces la campaña dejó de depender exclusivamente de lo que decía el candidato y comenzó a apoyarse en lo que hacían sus simpatizantes.
Naturalmente, esto no significa que todos los seguidores participaran activamente ni que una publicación equivaliera a un voto; no obstante, la experiencia demuestra las posibilidades que ofrecen las herramientas digitales para coordinar la participación de personas que antes difícilmente habrían podido actuar de manera conjunta.
La verdadera batalla se libró en las redes
Durante años, el bolsonarismo había desarrollado una presencia digital considerable, apoyándose en comunidades de seguidores, creadores de contenido y figuras políticas influyentes, y la estrategia de Janones buscó disputar ese espacio.
No se trataba únicamente de defender las propuestas de Lula, sino también de intervenir en la conversación pública, llegar a electores indecisos y disputar símbolos nacionales que habían adquirido una fuerte identificación con la derecha brasileña. Uno de los ejemplos más llamativos fue la utilización de la camiseta amarilla de la selección brasileña y los colores nacionales, tradicionalmente asociados durante los últimos años con el bolsonarismo.
Janones buscó recuperar esos símbolos para los simpatizantes de Lula y demostrar que la identidad nacional no pertenecía exclusivamente a una corriente política. Esta movilización también estuvo acompañada de controversias ante la justicia electoral, lo cual nos recuerda que la participación digital plantea desafíos relacionados con la desinformación, la manipulación de tendencias y los límites de las campañas políticas. Porque no todo lo que se vuelve viral es verdadero, ni toda movilización digital representa necesariamente una participación democrática responsable.
Los resultados fueron contundentes. En la segunda vuelta, Lula alcanzó el 51,79% de los votos, mientras Flávio Bolsonaro obtuvo el 48,21%. En apenas tres semanas, Lula pasó de una desventaja superior a dos millones de votos a una victoria por más de 4,4 millones. Sin embargo, sería un error atribuirle toda la victoria a WhatsApp o a una sola persona.
También influyeron las alianzas políticas, la participación electoral, la movilización territorial y las decisiones de millones de brasileños que acudieron a las urnas. Lo que sí podemos observar es que la organización digital se convirtió en un componente importante de aquella campaña, y aquí es donde considero que comienza la reflexión más interesante de toda esta historia.
Si millones de ciudadanos pueden organizarse para llevar a una persona a la Presidencia, ¿por qué no podrían organizarse también para exigirle cuentas una vez que llegue al poder?
Tradicionalmente, buena parte de la comunicación política ha funcionado en una sola dirección: el candidato habla, el partido transmite el mensaje y el ciudadano escucha.
Durante las campañas, se multiplican las promesas, los discursos y las solicitudes de apoyo, pero, una vez concluidas las elecciones, muchos ciudadanos sienten que sus preocupaciones dejan de ocupar el mismo espacio en las prioridades de quienes resultaron elegidos.
Y es precisamente ahí donde debemos comenzar a replantearnos nuestra relación con la política. El potencial de estas nuevas herramientas no debería limitarse a conseguir votos o ganar elecciones; también podría aprovecharse para construir mecanismos de comunicación que funcionen en ambas direcciones, no solamente desde la Presidencia, los diputados o los partidos hacia el pueblo, sino también desde las comunidades y los ciudadanos hacia quienes ejercen el poder.
Imaginemos, por ejemplo, a vecinos organizados para exigir soluciones a los problemas de infraestructura de su comunidad; a ciudadanos que solicitan explicaciones sobre el uso de los recursos públicos o a grupos que dan seguimiento a las promesas realizadas durante una campaña electoral.
Hoy existen herramientas que facilitan reunir personas, compartir información, organizar iniciativas y hacer visibles preocupaciones que antes podían quedar limitadas a una conversación entre vecinos. Por supuesto, ninguna red social sustituye a las instituciones democráticas ni garantiza que un gobernante escuche. Pero puede facilitar la organización ciudadana necesaria para exigir respuestas mediante los mecanismos correspondientes. Y aquí debemos recordar algo fundamental: los funcionarios públicos son representantes de la ciudadanía, no sus superiores.
El voto no es un cheque en blanco que entregamos cada cuatro años; es una expresión de confianza que también lleva consigo la responsabilidad de vigilar, cuestionar y evaluar las decisiones de quienes gobiernan, llámese democracia participativa.
Una democracia saludable necesita ciudadanos que participen antes, durante y después de las elecciones. Personas capaces de respaldar una propuesta cuando consideran que es correcta, pero también de cuestionarla cuando se aparta de sus compromisos.
Porque la lealtad democrática no debería consistir en defender incondicionalmente a un partido o a un presidente, sino en mantener el compromiso con los intereses del país.
¿Qué puede aprender Costa Rica de todo esto?
La experiencia brasileña nos deja una reflexión que trasciende las simpatías por Lula o Bolsonaro y las diferencias entre izquierda y derecha. Lo verdaderamente interesante no es que un político haya conseguido reunir a millones de seguidores en WhatsApp, sino que demuestra la capacidad de las personas para organizarse y participar colectivamente cuando encuentran un propósito y las herramientas necesarias.
Ahora bien, existe una diferencia fundamental entre movilizar ciudadanos para defender a un candidato y empoderarlos para participar libremente en las decisiones de su país…
La primera puede ayudar a ganar una elección. La segunda puede contribuir a fortalecer la democracia. Por eso, el verdadero desafío no consiste solamente en construir comunidades capaces de apoyar a quienes aspiran al poder, sino también en desarrollar una ciudadanía suficientemente informada, independiente y organizada para exigirles resultados cuando lo ejercen.
Las redes sociales pueden ser una herramienta para conseguirlo, siempre que permitan algo más que repetir consignas partidarias y exista una verdadera disposición de escuchar las demandas de la población, en donde los políticos deben comprender que la comunicación no puede ser un monólogo permanente. Los ciudadanos, por nuestra parte, debemos comprender que nuestro papel tampoco puede reducirse al de simples espectadores.
Porque en una democracia el poder no nace en la Presidencia ni en la Asamblea Legislativa. Nace en el pueblo, que lo delega temporalmente mediante el voto y conserva el derecho de exigir cuentas sobre su ejercicio.
Y quizá esa sea la reflexión más importante que podemos extraer de lo ocurrido en Brasil: si la ciudadanía puede organizarse para elegir a sus gobernantes, también puede organizarse para recordarles a quiénes representan.
jsandovalc637@ulacit.ed.cr
Juan Sandoval Chaves es estudiante de Administración de Empresas y Contaduría.
