
Por definición, el fenómeno cinematográfico es un trabajo en equipo. Por rutilantes que sean, los divos del llamado “sétimo arte” no pueden hacer todo solos.
Sus papeles se sostienen gracias al afán colectivo que conforma el mecanismo de un filme que, en los tiempos antiguos, funcionaba a 24 fotogramas por segundo y en la actualidad, gracias al prodigio –para mí, indescifrable– de la tecnología, crea imágenes en movimiento y convierte a espectadores de las penumbras en dioses paganos en las butacas, capaces de inmiscuirse en vidas e historias de otros, con increíble realismo.
Desde el lejano 28 de diciembre de 1895, el milagro primigenio de los parisienses Augusto y Luis Lumière es obra de santos y artífices que suman por decenas en los múltiples componentes de la industria cinematográfica. Sus nombres y apellidos descienden en la pantalla como un telón cibernético, mientras abandonamos la “fábrica de sueños” y los empleados del lugar recogen residuos desechables de envases y palomitas.
Por eso y más, la cinematografía responde a un fervor colectivo. Todos para uno y uno para todos, ni más ni menos. No obstante, a cada estrella le toca brillar con luz propia en la encarnación del personaje que las líneas del libreto le ordenan interpretar.
En Abril, el último estreno del cineasta Hernán Jiménez García, Maricarmen Merino Mora llena la pantalla. Menudita y frágil en apariencia, la protagonista crece y evoluciona en la interpretación magistral de Abril. Ella es el hilo conductor de esta trama de algún modo autobiográfica que Hernán dedica a su madre, Mariemilia García Zeledón.
Mariemilia y yo somos primos hermanos, descendientes de Cesáreo García, natural de Asturias, España, quien arribó a nuestras costas en 1893, y de Manuela Valverde Mora. Desde que se casaron en 1899, el espíritu emprendedor del abuelo lo convirtió en un acaudalado industrial que otorgó fortuna y linaje a sus 13 hijos.
Hoy, los descendientes del matrimonio García Valverde nos queremos muchísimo, aunque casi nunca nos vemos, salvo en los funerales, donde nos abrazamos con efusividad.
Somos primos orgullosos de un perfil aristocrático venido a menos desde que el abuelo cayó fulminado por un infarto en la sala de la casa gris. Su muerte dejó a abuelita Manuela con el Jesús en la boca y una fortuna que fue raleando con los años, tanto que ahora solo queda la bóveda familiar en el Cementerio General, último reducto de aquel recuerdo. Allí vamos llegando conforme nos va tocando, pues, piso abajo del mausoleo, hay nichos para todos.
Precisamente, en el último funeral de la cepa, el 10 de agosto de 2004, Mariemilia me habló de la incipiente afición audiovisual de su muchacho, un talento innato que reconoció el público poco tiempo después, cuando Hernán obtuvo el primer premio de la Muestra de Cine y Video Costarricense del 2004 con Doble llave y cadena: El encadenamiento de una ciudad, un novedoso y disruptivo documental, en mi opinión, la primera mirada de identidad y animadversión mezcladas que mi primo segundo profesa a su natal San José. Lo demás es la excelente trayectoria conocida del director, en la que no voy a redundar.
Por eso hablo de Maricarmen. Cineasta, directora y actriz. Se formó en México y lleva en su esencia el legado de su padre, José Merino del Río, ciudadano español de grata memoria, quien dejó su impronta en la Asamblea Legislativa, así como el ADN de su madre, la exdiputada Patricia Mora Castellanos, comprometida con las causas nobles y con los desposeídos.
Casi siempre voy solo al cine, para llorar sin ser visto… Digo esto porque Abril, la película, y la bella Abril, con su rostro expresivo, mirada profunda y exquisita sensibilidad, me inspiraron risas y lágrimas, emociones siempre gratificantes para nosotros, los inadvertidos cinéfilos de la oscuridad.
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Roberto García H. es periodista y comunicador.
