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Quemar las naves puede ser el primer paso hacia el éxito

La historia ha demostrado que, cuando pareciera que no existe un camino de regreso, suelen descubrirse nuevas rutas, recursos y capacidades

Pintura de Nicolaas Baur, c. 1816-20, del incendio en los muelles de Argel poco después del inicio del bombardeo por la flota angloholandesa, el 27 de agosto de 1816.
Pintura de Nicolaas Baur (c. 1816-20) del bombardeo en los muelles de Árgel el 27 de agosto de 1816. Shutterstock
Pintura de Nicolaas Baur, c. 1816-20, del incendio en los muelles de Argel poco después del inicio del bombardeo por la flota angloholandesa, el 27 de agosto de 1816.
Pintura de Nicolaas Baur (c. 1816-20) del bombardeo en los muelles de Árgel el 27 de agosto de 1816. (Shutterstock/Shutterstock)

La Anábasis o Expedición de los Diez Mil, obra clásica escrita por el historiador Jenofonte hace más de dos mil años, relata cómo unos mercenarios griegos se adentraron en el Imperio persa y tuvieron que emprender una épica y peligrosa retirada para volver a su tierra tras la muerte de su líder. Transportaban carros y tesoros de diversas campañas. Jenofonte, quien asume el mando en un momento crítico, se plantea cómo marchar con la mayor seguridad posible. Cómo luchar con la mayor eficacia. Decide quemar los carros y las tiendas. No tenían utilidad alguna para combatir. Decide desprenderse de todos los bagajes superfluos y quedarse con aquello que solamente era necesario para la guerra, para comer y beber. Así dispuso de un mayor número de hombres sobre tierra y agua, al reducir los dedicados a transportar. Los griegos lograron pelear y sobrevivir, recorriendo más de 2.000 kilómetros hasta el mar Negro. Finalmente, llegaron a su tierra.

Se dice que Alejandro Magno consultó esta obra, una de las mayores epopeyas de la historia, para preparar la campaña que llevó a cabo contra el Imperio persa.

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