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Pequeñas acciones, grandes resultados

Hace 2.400 años, nacía en la antigua Grecia uno de los filósofos más prominentes de la antigüedad, cuyas ideas aún resuenan e influyen en el pensamiento del mundo occidental: Aristóteles. Su obra se convertiría en una de las más grandes, pero no fue el primero en llegar, vivía bajo la sombra e influjo de sus predecesores, Sócrates y Platón, quienes eran los filósofos y pensadores más importantes y respetados de su época.

A Aristóteles solamente se le consideraba un pequeño discípulo. Pese a ello, le correspondería culminar los esfuerzos de sus maestros y ejercer la influencia más perdurable, no solo en el terreno de la filosofía y la teología, sino prácticamente en todas las disciplinas científicas y humanísticas.

Este cambio llegó cuando entendió algo que posteriormente esbozaría, y que hoy comparto con los estudiantes que realizan los exámenes de bachillerato, con la firme convicción de que, como para mí, se convierta en la senda que dirija sus pasos: “Somos lo que hacemos día a día, de modo de que la excelencia no es un acto, sino un hábito”.

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