
Estamos en setiembre. El otoño comienza en el norte y, con él, llega el frío. El salón está lleno de diplomáticos de todo el mundo, en el famoso edificio en forma de espada, a orillas del Hudson.
El ambiente es majestuoso cuando el hombre de la hora sube al escenario con su característica corbata roja. Pronto, el hielo se convertiría en risa.
“Acá huele a azufre”, es lo que más recuerda el mundo. Hugo Chávez Frías se persigna desde el podio y compara abiertamente al presidente George W. Bush con el diablo.
¿La razón? Las guerras de Oriente Medio que, para el venezolano, son una expresión más del afán imperialista y hegemónico de Estados Unidos y de su búsqueda de dominio sobre los recursos de otras naciones.
Las críticas contra el venezolano no se hacen esperar. La falta de respeto, en un ambiente donde reina la cortesía diplomática, es evidente.
Su posición sobre lo que el líder bolivariano llama “el imperio” es vista como radical y genera fuertes críticas. Más aún, sus esfuerzos por concentrar poder en Venezuela y su creciente confrontación política con rivales y medios de comunicación críticos hacen inevitable preguntarse si aquella denuncia del imperialismo solo busca desviar la atención de lo que ocurría en casa.
Veinte años después, Donald Trump habla en ese mismo podio. El ambiente no puede ser más tenso, y las razones sobran.
El presidente no siempre respeta el protocolo. Eso puede resultar jocoso cuando lo hace un líder tropical, pero cuando quien habla tiene bajo su mando un arsenal nuclear capaz de destruir el planeta, las palabras resuenan distinto.
“¿O aniquilo a la República Islámica y lo hago rápidamente, sin darles nunca la oportunidad de volver a matar y destruir personas y países? ¿Los llevo al infierno, sin ninguna posibilidad de supervivencia y sin esperanza de grandeza futura ni de generaciones?”, dijo el mandatario estadounidense. Y, al referirse a Venezuela y al acuerdo petrolero alcanzado con ese país, sentenció: “Al vencedor pertenecen los despojos”.
Todo esto ocurre en medio de una abierta confrontación entre la Casa Blanca y la prensa, después de que CNN, MS NOW y Politico perdieran recientemente el acceso a las instalaciones de la Presidencia.
Estamos de acuerdo en que, cuando un líder centroamericano o africano actúa de estas formas, la crítica no se hace esperar. Llama la atención que, cuando lo mismo pasa en Estados Unidos, muchos que, con razón, critican los abusos cuando los comete la llamada “izquierda”, ahora se queden callados.
Que un mismo comportamiento lo tenga alguien que me agrade no significa que esté bien. De hecho, dejarlo pasar habla peor de quien lo hace y, por lo menos, siembra dudas sobre su imparcialidad.
¿Lo peor? Más de un líder latinoamericano poco creativo, al ver lo que hacen en el norte, puede encontrar ideas y, cuando no, sentirse apoyado para actuar de forma similar en su nación.
Hoy, con dolor, debemos admitir que lo que aquel líder venezolano denunciaba parece ser realidad, pero con un twist. La actual administración de Washington se está comportando de forma abiertamente imperial en sus relaciones con el mundo e, internamente, como si estuviera siendo manejada por esos “falsos profetas” o figuras similares que, con sus dictaduras, aparecen periódicamente en la historia latinoamericana.
No decirlo es ser cómplice de la hipocresía. Y, para eso, tenemos ya al mundo.
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Sebastián Casas Zúñiga es abogado y máster en Derecho por la London School of Economics. Tiene una maestría en Finanzas por la Universidad de Cambridge.
