En días recientes, he visto a muchas personas compartiendo publicaciones en redes sociales acerca del asesinato del activista estadounidense Charlie Kirk. Hay diversas posiciones frente al tema, pero me parece que existe consenso general en que, independientemente de la postura política de la víctima, se trata de algo que bajo ninguna circunstancia debería ocurrir. La violencia política no es algo que deberíamos aceptar; nos preocupa e indigna. Pero no es muy distinto de lo que constantemente sucede en Centroamérica y América Latina, donde este tipo de acontecimientos rara vez arman tal revuelo.
Para quedarnos en el contexto centroamericano, basta mencionar que, en Nicaragua, más de 400 personas han sido despojadas de su nacionalidad como represalia y más de 200 figuras religiosas han sido forzadas al exilio; también debe mencionarse el asesinato de Roberto Sancam, exiliado en Costa Rica.

