
Este mes, Canadá y Costa Rica ilustraron, cada uno a su manera, dos formas de entender la riqueza de un país. Uno la ve como un fin: cuanto más comercio, más minerales, más tratados, mejor. La otra la ve como un medio: la riqueza sirve en la medida en que nos permite vivir como queremos, decidir nuestro propio camino y proteger lo que valoramos.
Canadá es el segundo país más grande del mundo por superficie, después de Rusia. Tiene acceso a los océanos Atlántico, Pacífico y al Ártico, enormes reservas minerales y una posición estratégica entre Europa, Asia y las Américas. Tiene instituciones sólidas, una democracia estable y capacidades avanzadas en sectores de energía, inteligencia artificial y computación cuántica. Canadá tiene mucho con qué negociar.
El 17 de setiembre, la Unión Europea invitó a Canadá a convertirse en su primer miembro asociado. La figura todavía tendrá que definirse, pero la propuesta va mucho más allá de una relación comercial. En su discurso ante el Parlamento Europeo, el primer ministro canadiense, Mark Carney, habló de construir una relación basada en valores compartidos y de fortalecer la capacidad de ambos para actuar con autonomía en un mundo cada vez más incierto.
Ahí está la clave.
Canadá ya tiene con Europa una alianza militar (OTAN), una relación comercial (CETA) y mecanismos de cooperación en seguridad (SAFE). Ahora busca profundizarla a partir de “nuestras fortalezas comunes y sobre la base de valores compartidos”. No es solo transaccional. Canadá no busca únicamente un mercado para vender gas, petróleo y minerales, ni Europa únicamente un proveedor para comprarlos. Se buscan para construir una relación porque ambos comparten una idea de prosperidad, libertad, democracia y derechos.
Carney no propone que Canadá lidere un nuevo bloque mundial; lo que propone es que sea suficientemente fuerte y resiliente para que nadie pueda controlar sus mercados, menoscabar su soberanía, amenazar su integridad territorial o socavar sus libertades, su democracia y su Estado de derecho.
La idea es sencilla. Para Carney, la riqueza sirve para conservar la capacidad de decidir. Fue una idea bien recibida en Estrasburgo. Y adquiere particular importancia cuando Canadá atraviesa uno de los momentos más difíciles de su relación con Estados Unidos, su aliado histórico. Sin poder cambiar esa realidad, Carney busca diversificar las relaciones de su país y fortalecer aquellas que pueden ampliar su margen de maniobra.
Y yo envidio ese liderazgo. Carney sabe qué quiere proteger y para qué. No busca dominar. Busca que Canadá tenga la capacidad de seguir decidiendo cómo vivir, qué idiomas hablar, con qué valores, en libertad y conforme al derecho internacional.
Y aquí es donde su visión contrasta con la de Costa Rica.
Mientras Canadá condiciona la profundización de sus alianzas a valores compartidos, en la Comisión de Asuntos Internacionales de nuestra Asamblea Legislativa le preguntaron a Laura López, de Procomer, si se había considerado la situación de los derechos humanos del pueblo palestino al valorar un tratado de libre comercio con Israel. Su respuesta fue rápida: los derechos humanos no son competencia de la agencia que dirige.
En papel, es cierto. Procomer no tiene ese mandato. Pero esa respuesta revela exactamente lo opuesto de lo que Canadá entendió esta semana: que el comercio nunca es solo comercio. Es un vector. Profundiza relaciones, genera dependencias y fortalece a los países con los que decidimos comerciar.
Si ese socio está siendo objeto de investigaciones y señalamientos internacionales por violaciones graves del derecho internacional humanitario, la pregunta sobre la compatibilidad de esa relación comercial con nuestra política exterior no puede ser considerada irrelevante simplemente porque Procomer no tenga competencia en derechos humanos.
La decisión de comerciar es, ante todo, una decisión política. Costa Rica debería preguntarse qué relaciones económicas son compatibles con los principios que dice defender.
Canadá parece entender que el comercio, los minerales, el petróleo y todas las riquezas que tiene son instrumentos para alcanzar una prosperidad que le permita conservar su soberanía y decidir su propio camino.
Costa Rica, en cambio, corre el riesgo de tratar el comercio como un fin en sí mismo, sin preguntarse con quién comerciamos y qué defendemos al hacerlo.
Si nuestras riquezas y nuestros tratados se entienden solo bajo el lente de la transacción, nuestra soberanía se convierte en moneda de cambio.
El comercio, nuestras riquezas naturales y nuestro recurso humano son medios. Medios para sostener la vida que cada uno quiere vivir, bajo nuestras propias leyes y nuestros propios valores. El fin es poder decidir qué hacemos con lo que tenemos.
Eso es soberanía. Canadá lo entendió. Ojalá algún día lo entendamos también nosotros.
arianafdez@gmail.com
Ariana Fernández es antropóloga política.