Dirijo un grupo logístico regional que cobra en dólares y paga en colones. Tengo un interés directo en el tipo de cambio y por eso lo declaro antes de empezar.
A estas alturas, el ciudadano tiene razón en desconfiar. Por todo lado, escucha que el país está mejor, pero su realidad es otra. No siente que el país sea más seguro, ni que las listas de espera de la CCSS se hayan acortado, ni que las carreteras funcionen mejor, ni que haya más empleo formal. Casi cinco años después, la mejora que más se exhibe es un colón fuerte frente al dólar.
El ciudadano que no viaja, que no estrena carro ni compra por Internet no siente la mejora, porque el dólar barato beneficia sobre todo a quien consume lo importado. Y ese colón fuerte no se ganó. Nació de un error de política monetaria en 2022 y se sostiene con deuda del Banco Central. Esa deuda no entra en la regla fiscal porque el Banco no es parte del Gobierno Central. Pero existe, ya consumió el patrimonio del Banco Central y eso lo pagaremos todos. El dólar barato dio una sensación de bienestar a algunos. La factura la paga un modelo de desarrollo basado en exportar, que durante 40 años repartió beneficios a todo el país. Hoy, las exportaciones crecen al menor ritmo en seis años y el empleo en zona franca cayó por primera vez.
El entorno externo no ayuda. Estados Unidos y Europa deben refinanciar deudas enormes, muchas contraídas en la pandemia, y compiten por el mismo capital que las empresas de inteligencia artificial necesitan para sus centros de datos. Eso encarece el dinero en todo el mundo. Un país que se endeuda caro, como el nuestro, siente ese apretón primero.
Mientras tanto, producir en Costa Rica cuesta más. Nuestra mano de obra es más cara en dólares, sin ser más productiva. La infraestructura está en su peor momento. La seguridad jurídica se cuestiona en los más altos niveles, y la inseguridad ciudadana ya no es percepción: es estadística. Los retos que arrastramos desde hace 15 años siguen ahí, y varios empeoraron.
Hay salidas. Algunas están a mano y otras toman tiempo.
Primero, el Banco Central puede dejar de profundizar el problema: bajar gradualmente la tasa de política monetaria y reducir el ritmo al que se endeuda para sostener el colón. Aquí, el matiz importa. La inflación que regresa al rango meta no viene de una economía recalentada. Viene del petróleo y del clima, y golpea primero al que produce: combustible, electricidad térmica y fletes más caros, mientras sigue recibiendo menos colones por cada dólar.
Responder a ese choque con una tasa alta castigaría dos veces al mismo sector. El presidente del Banco reconoció esta semana que hay una parte de esta inflación que hay que dejar que se manifieste. Es razonable vigilar que el alza de los combustibles no termine contagiando el resto de los precios. Pero frenar la economía por si acaso no lo es. Es la lección que no se aplicó en 2022.
Segundo, transparencia y orden en la caja. El Banco Central debería publicar cada trimestre cuánta deuda emite para sostener el colón, a qué tasa y cuánto le cuesta a su patrimonio. Hacienda, por su parte, debería dejar de pedir prestado para guardar efectivo que no usa: según la Contraloría, ese exceso cuesta más de ¢100.000 millones al año en intereses y fue lo que empujó la deuda sobre el 60%. Tampoco debería calcular sus pagos con un dólar a ¢505 cuando está en ¢448. Nada de esto requiere una ley.
Tercero, permitir el pago en dólares al Estado, como propone el expediente 24.877, que ya tiene dictamen afirmativo en comisión. Eso reduce la conversión forzada de dólares que presiona al colón.
Cuarto, bajar el costo de producir que sí depende de nosotros: tarifas y trámites de comercio exterior, inspecciones y permisos. Menos cobros y menos burocracia devuelven margen hoy, sin esperar obras de infraestructura.
Quinto, a mediano plazo, impulsar un plan serio de recaudación y de seguridad en las fronteras. Parte de ese plan es una deuda que el país arrastra desde octubre de 2006: implementar el Marco SAFE, de la Organización Mundial de Aduanas. Con información de la carga antes de que llegue, Aduanas controla mejor lo que entra y, al mismo tiempo, reduce costos y tiempos para el comercio formal.
No escribo esto para anunciar una catástrofe. Lo escribo porque las señales están a la vista. Al sector privado le toca sonar la alarma, y lo estamos haciendo. Pero la alarma no basta.
El gobierno y el Banco Central deben admitir, sin mezquindad, que tenemos un problema grave, y comprometerse a impulsar las soluciones. Reconocer un error no debilita a una institución. Sostenerlo, sí.
Reconstruir lo perdido puede tomarnos muchos años. Cuanto antes se corrija el rumbo, menos nos costará.
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Álvaro Alpízar Antillón es empresario.