Algunos descuidos aparentemente insignificantes suelen tener consecuencias devastadoras
Helena Fonseca Ospina
Sabemos por los escritos del historiador Ducas que el 29 de mayo de 1453 unos cincuenta turcos penetraron las murallas de Teodosio. En los complejos muros defensivos de piedra, existía una incólume muralla interior, la muralla de Constantino.
Los turcos no pudieron derribar el muro; sin embargo, descubrieron que una de las puertas menores había quedado abierta. Ingresaron, treparon el muro, colocaron una bandera e indujeron a pensar a los defensores griegos que la ciudad había sido tomada a pesar de que la batalla todavía estaba en curso. Con la caída de Bizancio, el Imperio turco se expandió.
La puerta había sido utilizada en días anteriores por los hermanos genoveses Bocchiardi y se cree que alguien olvidó cerrarla o la dejó abierta a propósito, para traicionar a los bizantinos. ¿Traición o descuido? Lo cierto es que una pequeña puerta influyó en la caída de Constantinopla.
Recordaba este hecho hace unos días cuando me dirigía hacia el Museo de los Niños, una antigua cárcel transformada en centro de cultura. En el recorrido por los barrios de San José, decenas de personas permanecían en las calles, algunas de ellas drogadas y en condiciones lamentables.
Reflexioné en cómo se pierde una nación cuando se deja abierta la puerta de la corrupción. La corrupción mueve millones de millones de dólares anuales en el mundo, aumenta la pobreza y acentúa las desigualdades sociales al imposibilitar la disponibilidad y gestión de los recursos del país. Erosiona también la confianza en el Estado y sus instituciones. Supone un grave obstáculo para avanzar en la consolidación de los sistemas democráticos. Dificulta la acción de la justicia y destruye la seguridad jurídica. Afecta el capital social, la inversión extranjera y, por ende, la tasa de crecimiento.
Una corrupción estructural se está insertando en el funcionamiento de la política y en la propia sociedad, que deriva en una desigualdad creciente. La clave contra la corrupción está en la calidad de la educación. En una sólida formación en valores éticos y morales que fomente una actitud de rechazo hacia este tipo de comportamientos.
La educación empieza con el ejemplo. Asimismo, la batalla debe darse por la calidad del gobierno y los cambios de expectativas que genere. Todo esto exige una implicación de la ciudadanía y los empleados públicos. Una movilización a favor de la virtud.
Se dice que cuando los políticos no están a la altura, la administración debe intentarlo. Estudios revelan que la variable que más se correlaciona con la reducción de la corrupción es la eficacia del gobierno. Una eficacia entendida como competencia de los funcionarios (mérito), independencia frente a presiones políticas (imparcialidad) y credibilidad del gobierno en su capacidad de diseñar políticas adecuadas.
Los imperios y las naciones caen cuando pierden la identidad, cuando pierden su espíritu, cuando claudican en sus principios, cuando los asaltan los enemigos que siembran división.
La cultura de la corrupción debe erradicarse. Recordemos que la democracia se apoya en una gran verdad: la dignidad humana. La defensa de esta puerta no debe olvidarse ni traicionarse.