Durante la Segunda Guerra Mundial, el matemático Abraham Wald recibió el encargo de estudiar los aviones que regresaban de las misiones de combate. Muchos presentaban perforaciones de bala en las alas y el fuselaje. La conclusión aparentemente lógica era reforzar precisamente aquellas partes donde se concentraban los impactos. Sin embargo, Wald comprendió algo que los demás habían pasado por alto: estaban estudiando únicamente los aviones que habían sobrevivido.
Los que no regresaron probablemente habían recibido impactos en lugares mucho más vulnerables. La solución no consistía en reforzar donde se veían más agujeros, sino donde no aparecían. Aquella observación dio origen a una de las enseñanzas más reveladoras sobre el llamado sesgo de supervivencia.
Vivimos pendientes de las declaraciones más estridentes, las confrontaciones entre dirigentes, las descalificaciones personales y las controversias que diariamente ocupan titulares y redes sociales. Discutimos lo que alguien dijo, cómo lo dijo y contra quién lo dirigió. Nos detenemos en el escándalo, respondemos a la provocación y terminamos convirtiendo cada episodio en una batalla de opiniones.
Pero, ¿qué estamos dejando de mirar?
Quizá, como aquellos técnicos que examinaban los aviones sobrevivientes, estamos concentrando nuestra atención en los lugares equivocados.
Mientras discutimos las formas, corremos el riesgo de olvidar el fondo. Mientras seguimos las confrontaciones políticas, dejamos de examinar con igual intensidad la calidad de nuestra educación, la sostenibilidad de la seguridad social, las oportunidades para nuestros jóvenes, la inseguridad ciudadana, el deterioro de la infraestructura y la capacidad de nuestras instituciones para responder a las necesidades de la población.
No se trata de restar importancia al respeto, al lenguaje político o a la defensa de la institucionalidad. Todo ello es fundamental en una democracia. El problema aparece cuando la controversia consume tanto espacio que termina desplazando aquello que debería constituir el verdadero propósito de la política: procurar el bienestar colectivo.
La política no puede reducirse a una competencia por dominar la conversación pública. Tampoco debería convertirse en un escenario donde la indignación sustituya al razonamiento y la popularidad momentánea se confunda con la capacidad de gobernar.
La pregunta esencial no es quién consigue imponer su relato, sino qué problemas estamos dejando sin resolver mientras discutimos ese relato.
Costa Rica necesita recuperar la capacidad de distinguir entre lo urgente y lo verdaderamente importante. Una declaración polémica puede ocupar nuestra atención durante varios días; una deficiencia educativa puede comprometer el futuro de generaciones enteras. Una confrontación política puede provocar miles de reacciones; una institución debilitada puede afectar silenciosamente los derechos de millones de ciudadanos.
Y, sin embargo, no siempre dedicamos a estas últimas cuestiones la misma energía.
Existe también otra dimensión de la lección de Wald. En política, solemos escuchar a quienes tienen mayor capacidad de hacerse oír, pero, ¿qué sucede con aquellos que permanecen fuera de la conversación? ¿Quién representa las preocupaciones del estudiante que abandona las aulas, del pequeño empresario que no logra sostener su actividad o de la familia que espera una atención médica oportuna?
Esos ciudadanos también forman parte de nuestra democracia, aunque sus dificultades no se conviertan en tendencia en las redes sociales.
El desafío consiste en aprender a mirar donde aparentemente no hay agujeros. Examinar aquello que no produce titulares, que no genera aplausos inmediatos y que exige algo mucho más difícil que pronunciar un discurso: estudiar, dialogar, planificar y construir soluciones sostenibles.
Una democracia madura necesita crítica y fiscalización, pero también propuestas verificables, responsabilidad institucional y ciudadanos dispuestos a exigir resultados más allá de las simpatías o antipatías personales.
No basta con cambiar a quienes ocupan el poder si permanecen intactas las prácticas que han convertido la confrontación en el centro de nuestra vida pública. Cambiar la política exige también transformar nuestra manera de observarla, discutirla y evaluarla.
Abraham Wald comprendió que los aviones que regresaban no contaban toda la historia. Nosotros deberíamos comprender que el ruido de la política tampoco nos cuenta toda la historia del país.
Tal vez el verdadero cambio comience cuando dejemos de preguntarnos quién ganó la última confrontación y empecemos a preguntarnos qué hemos hecho para mejorar la educación, fortalecer la justicia, proteger nuestras libertades y garantizar oportunidades para las próximas generaciones.
Porque una nación no se construye únicamente atendiendo los agujeros que todos pueden ver. Se construye, sobre todo, teniendo la inteligencia y la responsabilidad de descubrir aquellos que nuestra propia distracción nos impide reconocer.
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Ferdinand von Herold es abogado.