Esto no supone que las máquinas se detengan por compasión. Tampoco depende de que quienes las desarrollan renuncien a ganar dinero. Su fundamento es menos romántico y, precisamente por eso, más difícil de ignorar. Una tecnología que depende de las personas para tener valor no puede prosperar si acaba con la capacidad de esas personas para vivir y pagar por lo que ofrece.
Pensemos en una empresa que descubre que puede hacer el trabajo de 100 personas con 20. Reduce sus costos, aumenta sus ganancias y obliga a sus competidores a seguirla. Hasta ahí, la historia parece una de esas victorias que se anuncian con gráficos y aplausos. Pero los 80 salarios que desaparecen no son solamente un gasto de la empresa. Son también compras en el supermercado, cuotas de una casa, cuentas pagadas en un restaurante, servicios contratados a otros profesionales.
Esos 80 trabajadores no viven dentro de una hoja de cálculo. Viven en una economía real, de carne y hueso, que no es paciente con el necesitado.
Si esta decisión se repite en todas partes, el ahorro de unos se convierte en la falta de ingresos de otros. Cada empresa cree que hace lo correcto y, sin embargo, entre todas debilitan el mercado al que esperan venderle. El problema no se resuelve con máquinas capaces de producir más si las personas que compran esa producción tienen cada vez menos con qué hacerlo.
Ahí está la contradicción de fondo. Nadie se suscribe a una herramienta para organizar mejor su trabajo cuando ya no tiene trabajo. Nadie busca una aplicación que le ahorre una hora si esa noche no sabe cómo alimentar a sus hijos.
En ese momento, la extraordinaria capacidad de la inteligencia artificial deja de ser lo importante para esa persona. La comida ocupa su lugar y una empresa no va a lograr venderle a una sociedad preocupada por llegar a fin de mes.
Esto no significa que el daño se corrija solo, ni que no sea profundo. Una crisis puede durar años y arruinar vidas antes de que sus causas obliguen a cambiar de rumbo. Tampoco toda forma de inteligencia artificial necesita que cada persona pague una suscripción. Se dirá que puede venderse a otras empresas, a los gobiernos o a una minoría con dinero. Pero esas empresas también necesitan clientes; esos gobiernos viven de los impuestos de quienes trabajan y ninguna minoría, por rica que sea, consume lo suficiente para sostener una economía entera.
Quienes esperan construir alrededor de esta tecnología una economía próspera necesitan personas capaces de participar en la vida económica. Si destruyen esas condiciones, debilitan las bases de su propia industria.
Por eso, no me convence el entusiasmo que mide el avance de esta tecnología por los costos que reduce, sin detenerse lo suficiente en las personas que pierden su sustento. Tampoco me convence el fatalismo que presenta el hambre como una consecuencia inevitable.
Entre celebrar cada ahorro y resignarse a sus consecuencias, hay espacio para decidir mejor. Una empresa puede aprovechar estas herramientas y, al mismo tiempo, buscar maneras de conservar el talento de su gente.
Puede usar el tiempo que la tecnología le ahorra para que sus empleados aprendan y emprendan tareas nuevas, en lugar de prescindir de ellos.
Un pequeño negocio puede apoyarse en la tecnología para crecer y atender a clientes que antes no alcanzaba. Una universidad puede actualizar sus carreras para formar profesionales que trabajen con estas herramientas y no a merced de ellas. Un gobierno puede prepararse para los cambios en el trabajo antes de que las familias tengan que enfrentar a solas la pérdida de sus ingresos.
Mientras empresas y gobiernos deciden, nosotros también tenemos una decisión que tomar. Recibamos esta tecnología con la curiosidad con que recibimos Internet en los años 90. Aprendamos a usarla y a entender cómo funciona. Puede representar una amenaza, y sería ingenuo negarlo, pero también puede servirnos como herramienta de apoyo en el trabajo y en la vida diaria. Conocerla nos permite participar en las decisiones sobre su uso, en lugar de limitarnos a padecerlas.
Se puede discutir si la respuesta está en el reentrenamiento o en jornadas más cortas. Lo que no tiene sentido es seguir llamando progreso a una economía que produce maravillas para una población que no puede comprarlas.
La inteligencia artificial hace muchas cosas que nosotros hacemos. Pero depende de algo que no hace por nosotros. Necesita una sociedad en la que las personas tengan razones y medios para utilizarla. Si termina quitándoles ambas cosas, no conquista a la humanidad. Se queda sin ella.
Y ese sería un fracaso muy humano.
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Abraham Stern F. es abogado, escritor y humanista.