
Una de las transformaciones más revolucionarias de los últimos 50 años ha sido el encogimiento de nuestro planeta. La industria aeronáutica, primero, y las tecnologías de la información, después, han hecho que acceder al resto del mundo, bien física o bien virtualmente, sea físicamente sencillo y económicamente viable para grandes segmentos de población.
El desarrollo de la aviación comercial, con aeronaves cada vez más capaces y más seguras, junto con la multiplicación de toda su infraestructura anexa de aeropuertos, torres de control, corredores aéreos y demás, nos ha permitido visitar nuestras antípodas en menos de 24 horas, y acceder a cualquier otro punto del globo más cercano en una fracción de día (dejando de lado trasbordos).
Como una vez creada la capacidad, la demanda aparece y la gente llega, muchos lugares de otros países se convirtieron no solo en objeto de interés (París o Roma siempre lo han sido), sino en destinos accesibles y asequibles para mucha gente, y desarrollaron toda una infraestructura complementaria de alojamiento, alimentación y servicios de toda índole para los visitantes.
El entramado conjunto de estas capacidades dio origen al turismo, una de las industrias de servicios más grandes que existen, industria que mueve a millones de personas de aquí para allá y miles de millones de dólares de allá para acá. Y que, como los primeros procesos colonizadores, busca siempre nuevas fronteras y espacios, dejando cada vez menos espacios vírgenes o intocados por su afán.
Si a esto le añadimos el desarrollo de las tecnologías de la información, que dinamitaron la intermediación al eliminar las agencias de viajes, la democratización del viaje tomó carta de ciudadanía. Estas tecnologías nos permiten no solo adquirir pasajes en forma directa, sino también conocer con antelación cualquier destino, saber de sus atracciones (y limitaciones), reservar alojamientos, programar actividades y coordinar desplazamientos. De este modo, la fricción necesaria para acceder a conocer cualquier otra parte del planeta se ha reducido a magnitudes mínimas.
Uno supondría que estas posibilidades, que nos permiten llegar como perfectos desconocidos a lugares ajenos y disfrutar de un mundo nuevo que parece irse pintando espontáneamente ante nosotros, nos brindarían la enorme oportunidad de satisfacer nuestro natural curioso, aprender de la enorme capacidad de nuestra especie para adaptarse a los climas y los entornos más diversos, ver las muy diferentes formas en que cada país o comunidad mata sus pulgas, la diversidad de gentes, la infinita variedad de tradiciones y manifestaciones culturales. En suma: reconocer un amplio mundo ahí afuera, diferente al terruño, y quitarse un poco lo polo. Y esto reza tanto para quienes van como para quienes reciben.
Pero, curiosamente, parece estarse produciendo el fenómeno contrario. Más allá de unos porcentualmente pequeños intercambios educativos y profesionales, y las inevitables relaciones entre algunas pocas personas de diferentes países y culturas, la globalización parece haberse detenido, muy especialmente desde la pandemia. Asistimos a una profundización de las distancias culturales y a un resurgimiento del nacionalismo que nos alejan de aquel ideal estoico del cosmopolita, del ciudadano del mundo, y nos retornan al aldeanismo de antaño.
Quienes reciben turistas están viendo sus entornos habituales intervenidos por actores externos, y observan con creciente animadversión el progresivo desplazamiento de los habitantes naturales y el encarecimiento de sus condiciones de vida por la competencia con la demanda foránea, al punto de que, en muchos lugares, los lugareños se organizan para presionar a las autoridades para que intervengan y acoten la magnitud de esa invasión que consideran bárbara. Añádase a esto una persistente percepción de irrespeto o falta de decoro para con los bienes, los entornos o las prácticas locales, y añadiremos insulto a la injuria.
Quienes visitan, por otro lado, observan, con curiosidad progresivamente decreciente, las maravillas que les han vendido, en medio de multitudes de otros visitantes que llegan con idénticos propósitos y compiten por accesos, espacios y servicios, devaluando la experiencia y haciendo que perciban como sobrevalorado mucho de lo que están viviendo y terminen añorando la cotidianidad, los usos y las costumbres del terruño.
Y así, lejos de contribuir al mutuo reconocimiento y aprecio de los pueblos del mundo, este ir y venir está, más bien, produciendo efectos deletéreos. Está coadyuvando a convertir el natural y sano aprecio por el terruño y lo propio, que llamamos patriotismo, en su versión negativa. Porque lo que perversamente pretende convertir aquello que es nuestro no solo en algo que es diferente, sino en algo que es, decididamente, superior, es la degeneración, usualmente con intención política, que conocemos como nacionalismo. Y los resultados están cada vez más a la vista, en todo el globo. Y así nos va. Y así nos irá.
inigolejarza@pm.me
Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.
