
Los eventos climáticos extremos son fenómenos meteorológicos severos o inusuales, como olas de calor, sequías prolongadas, lluvias torrenciales, inundaciones, huracanes y ciclones. Su frecuencia e intensidad están aumentando en distintas regiones del mundo a medida que el planeta se calienta y cambia el comportamiento del clima.
Las olas de calor son periodos prolongados de temperaturas excepcionalmente altas que afectan la salud, los ecosistemas y la disponibilidad de agua. Por su parte, las sequías son lapsos prolongados de escasez de agua que afectan los cultivos, los ecosistemas y el consumo humano. Están las luvias torrenciales o precipitaciones muy intensas en periodos cortos que pueden provocar inundaciones y deslizamientos, y los ciclones y huracanes, que son sistemas de tormentas con vientos muy fuertes y lluvias capaces de causar graves daños, sobre todo en zonas costeras.
Hoy, podríamos hablar de una “epidemia” de eventos extremos, fenómenos que no son nuevos, pero que están ocurriendo en un contexto climático diferente y, en muchos casos, con mayor intensidad.
El informe Estado del clima mundial en 2025, publicado por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) en marzo de 2026, confirmó que los 11 años comprendidos entre 2015 y 2025 fueron los más cálidos desde que existen registros. Además, los fenómenos extremos (como episodios de calor intenso, lluvias torrenciales y ciclones tropicales) provocaron graves daños y afectaron a millones de personas.

La explicación de fondo está en la transformación de la atmósfera. Las emisiones persistentes de gases de efecto invernadero han modificado su composición y aumentado la concentración de dióxido de carbono (CO₂), principal gas de efecto invernadero de origen humano. La OMM señala que, en 2024, la concentración atmosférica de CO₂ alcanzó niveles sin precedentes en al menos dos millones de años.
Por eso, no estamos hablando simplemente de que “el tiempo cambió”. Estamos modificando las condiciones en las que funciona el sistema climático.
Como ha señalado el especialista ecuatoriano Raúl Cordero, profesor de la Universidad de Groningen, la atmósfera actual es diferente y recuperar las condiciones anteriores no es algo que pueda esperarse en un futuro previsible. La OMM coincide en que las alteraciones actuales del sistema climático tendrán repercusiones durante siglos y, posiblemente, milenios.
Cada año de emisiones adicionales compromete las condiciones climáticas para las próximas generaciones. El CO₂ tiene una vida media de al menos un siglo, de modo que las emisiones actuales no afectan solo el presente: también condicionan el clima que heredarán quienes todavía no han nacido.
De hecho, una de las características más injustas del cambio climático es que las decisiones tomadas hoy tendrán consecuencias durante décadas.
Ahora bien, no es posible atribuir un fenómeno meteorológico individual solo al cambio climático. No podemos afirmar, por ejemplo, que un incendio concreto ocurrió únicamente debido al calentamiento global. Lo que sí permite la ciencia es identificar cómo el calentamiento modifica las condiciones que favorecen determinados fenómenos y aumenta el riesgo de eventos extremos más intensos.
Las olas de calor son, quizá, el ejemplo más dramático por su impacto sobre la salud. A diferencia de un huracán o una inundación, sus víctimas suelen ser menos visibles. Una persona que fallece por tal causa rara vez es registrada en su certificado de defunción con la frase “murió por ola de calor”, aunque las altas temperaturas puedan haber contribuido de manera decisiva a su deceso. Y es que las olas de calor pueden provocar un exceso de mortalidad que pasa inadvertido para buena parte de la población.
Este punto es importante: el cambio climático no es únicamente un problema ambiental. Es también un problema de salud pública. Afecta la disponibilidad de agua, la producción de alimentos, la calidad del aire, la propagación de enfermedades y las condiciones de vida de las poblaciones más vulnerables.
Ante esta realidad, preocupa que la protección ambiental pierda prioridad en las políticas públicas. Costa Rica fue reconocida durante años por su desempeño ambiental y por su liderazgo internacional en materia de conservación. Pero el país no puede asumir que sus logros históricos lo eximen de cumplir sus compromisos climáticos.
El Acuerdo de París de 2015 estableció obligaciones y metas para reducir las emisiones y fortalecer la adaptación al cambio climático. En un escenario de eventos extremos cada vez más costosos para las sociedades, cumplir esos compromisos no es un gesto diplomático: es una forma de proteger la salud, la economía y la vida de las próximas generaciones.
La discusión climática, entonces, ya no debería limitarse a cuánto aumentará la temperatura. La pregunta más urgente es qué estamos dispuestos a hacer frente a las consecuencias que ya vemos. Porque los eventos extremos no son una amenaza lejana. Están ocurriendo ahora.
darnermora@gmail.com
Darner Adrián Mora Alvarado es salubrista público.