Foros

La libertad que viene de Dios

Es un dogma inamovible en algunos círculos intelectuales de nuestro país que creer en Dios significa alienación, esclavitud o falta de libertad. El razonamiento se funda en el hecho de que la pertenencia a toda confesión religiosa es, de por sí, una anulación de la libre autodeterminación, del libre pensamiento o del libre arbitrio. De hecho, es común afirmar que la creencia religiosa implica una obediencia ciega a la doctrina que la apadrina y la expresa en determinadas formas institucionales. Tampoco es raro en nuestro medio que instituciones religiosas afirmen categóricamente que la fidelidad a Dios implica, sin más, la sumisión a sus preceptos y normas, porque ellas son la única garantía de salvación.

Pero ¿algunas de las posiciones antes mencionadas describe acertadamente la esencia del cristianismo? La respuesta es un rotundo “no”. La fe cristiana, en particular la católica, nunca ha afirmado que la doctrina en la que se expresa se identifique de manera radical con el misterio de Dios, ni, mucho menos, que la institución eclesiástica sea la panacea de la voluntad divina. Lo anterior, por una sencilla razón: Dios es siempre motor de libertad, de cuestionamiento, de conversión, y de Él hablamos solo por analogía. Por eso, resulta irrisorio para un creyente contraponer a Dios con la democracia. Claro está, cuando la democracia resulta una atrofia de la libertad humana, el creyente no se puede identificar con ella por carente y aberrante.

Experiencia vital. El creyente no busca cualquier libertad y se interroga siempre sobre qué significa ser humanamente libre. Es decir, el creyente, primero que todo, quiere ser consciente de su realidad, que no se circunscribe a su individualidad, sino que atañe a su interior, a sus relaciones con otros, a sus motivaciones más profundas, y a su acción real y concreta en su ambiente (social, biológico, político, económico). La razón de semejante deseo es que el Dios que se le revela lo hace desde, en y para ese mundo. Dios no puede ser conocido, si no es en la concreción de la historia, donde su palabra cobra relieve y significatividad. El origen de la fe no es la metafísica, sino la experiencia vital en el mundo humano. Recordemos que el pueblo de Israel conoció el nombre de Dios solo cuando clamó a Él desde su cautiverio en Egipto.

‌
‌

‌

‌
‌

‌

‌