
El pensador alemán Victor Klemperer comprendió que las dictaduras no comienzan necesariamente con soldados en las calles, censura abierta o cárceles abarrotadas. A menudo se inician mediante una operación más silenciosa: la deformación del lenguaje.
El lenguaje político puede servir para deliberar, disentir y construir acuerdos, pero también puede convertirse en un instrumento de demolición moral. Cuando las palabras dejan de describir la realidad y empiezan a fabricar enemigos, la democracia entra en una zona de peligro.
Una sociedad democrática necesita adversarios, no enemigos. El adversario piensa distinto, critica y puede ser derrotado en las urnas o refutado con argumentos. El enemigo, en cambio, debe ser expulsado, humillado o destruido. Esa es la diferencia esencial entre la política democrática y la lógica autoritaria.
Por eso resulta tan grave dividir al país entre buenos y malos, patriotas y traidores, defensores de la patria y enemigos de la nación. Esa forma de hablar simplifica brutalmente la realidad hasta convertir cualquier diferencia en sospecha y cualquier crítica en agresión.
“Traidor” no es una opinión, sino una acusación moral extrema. “Enemigo”, aplicado al adversario político, no describe una diferencia: prepara una exclusión. Y “patriota”, cuando un grupo pretende monopolizar el término, se transforma en una herramienta para negar legitimidad a los demás.
Klemperer estudió cómo el lenguaje del poder colonizó el idioma alemán hasta modificar la sensibilidad colectiva. No se trataba solo de propaganda, sino de la repetición cotidiana de palabras y consignas que terminaban por naturalizar lo inaceptable. El lenguaje se convertía en costumbre; la costumbre, en obediencia; y la obediencia, en violencia.
Las democracias no deben esperar a que aparezca la violencia física para reaccionar. Antes de la agresión visible, suele surgir la violencia verbal normalizada y, antes de la persecución institucional, la deshumanización simbólica. Cuando el discurso convierte al ciudadano crítico en objeto de burla, al periodista incómodo en enemigo, al juez independiente en obstáculo o al opositor en antipatriota, ya no estamos ante una simple disputa política, sino ante una degradación democrática.
La democracia vive del desacuerdo, pero este necesita límites: respeto por la dignidad del otro, aceptación de la pluralidad, reconocimiento de la legitimidad del adversario y compromiso con la verdad. Cuando esos límites se rompen, la palabra deja de ser un puente y se convierte en un verdugo.
La deformación del lenguaje también empobrece el pensamiento. Las consignas binarias eliminan los matices y reducen todo a lealtad o traición, haciendo a la sociedad más vulnerable a la manipulación. Además, las palabras extremas, al repetirse, pierden su capacidad de escandalizar: lo inadmisible se normaliza y puede acabar convertido en política pública.
Defender la democracia implica también defender el idioma. Hay que llamar crítica a la crítica, oposición a la oposición y adversario al adversario. Ningún sector debe apropiarse de la patria ni expulsar simbólicamente de ella a quienes piensan distinto. Una nación se fortalece cuando reconoce que el amor por el país puede expresarse desde el gobierno, la oposición, la prensa, la academia, la justicia independiente y la ciudadanía.
Conviene volver a Klemperer, no para establecer comparaciones fáciles, sino para recordar una advertencia esencial: las palabras preparan el terreno de los hechos. Cuidar el lenguaje es una forma de cuidar la libertad.
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Ferdinand von Herold es abogado.