Al acercarse a la muerte, de una forma u otra, empezamos a desprendernos de nuestros vestidos, pero, ¿por qué esperar a esos momentos finales para demostrar a mis seres queridos el amor que les tengo?
En esos momentos finales de la vida, terminamos totalmente desnudos, con el alma expuesta, y aceptamos ser cuidados por nuestros seres amados. Shutterstock
Luego de un cuarto de siglo de tener la bendición de dedicarme a acompañar a pacientes y sus familias a transitar los momentos finales de sus vidas, solo puedo agradecerles por permitirme estar con ellos en esos instantes tan íntimos.
Lo aprendido me ha dado herramientas para poder sobrellevar tanto odio que brota de cada rincón de mi amado y maltratado país. Me ayuda a perdonar a aquellos que no entienden que, con una palabra, pueden dañar tanto como con un arma y que, con su ejemplo desafortunado, ahogan la inocencia de las personas buenas llevándolas a las profundidades oscuras del miedo y el sufrimiento.
Día a día, me embarco, junto al maravilloso equipo de Cuidados Paliativos del Hospital Nacional de Geriatría, a una aventura más y termino encontrando la sabiduría en cada pequeño rincón de las casas que visitamos, en cada sonrisa que recibimos, en cada llanto que consolamos.
Hoy existe un ejército de corazones desprendidos que cuida a sus seres queridos y, en ese espacio, en medio de la incertidumbre y el sufrimiento, nace la compasión que transforma esos espacios en lugares sagrados y llenos de amor. Gracias a estos maestros, he entendido el poder transformador de la compasión.
Al acercarse a la muerte, de una forma u otra, empezamos a desprendernos de nuestros vestidos. El traje de papá, de pareja, nuestro uniforme de trabajo, la persona que aparento ser con los vecinos, todo lo que creemos que nos define, va cayendo hasta que terminamos totalmente desnudos, con el alma expuesta. Aceptamos ser cuidados por nuestros seres amados que realizan su tarea sin siquiera cuestionarse.
En esos momentos, brota la esencia del ser humano. Esa luz compasiva que habita en todos nosotros y que, de forma inexplicable, mantenemos dormida la mayor parte de nuestras vidas. Cuando esta despierta, las habitaciones se iluminan y el aire nos envuelve con una energía cálida y tierna que abraza a los corazones afligidos.
En ese escenario, nos fundimos y sanamos. En ese espacio humilde y virtuoso, crecemos y, a través de un abrazo honesto, nos convertimos en mejores seres humanos. Poco a poco, empieza a crecer un ejército de seres compasivos, que a través del amor transformarán al mundo. No podría ser de otra manera.
Yo he sentido esa transformación. Me acerqué a la muerte inicialmente por mi profesión y luego viví en carne propia el tener que acompañar a mi papá en los momentos finales de su vida. Puedo decir que nunca conecté con él de forma tan intensa como lo hice en esos momentos. Más allá de las palabras y mirándonos a los ojos, fuimos uno. Pude empezar mi proceso de sanación y logré darle a ese ser extraordinario el amor que él se merecía.
Durante la lucha social contra Alcoa, cuyo clímax de protestas estudiantiles ocurrió el 24 de abril de 1970, José Picado Lagos, el padre de quien escribe este artículo, se enfrentó a un oficial de policía. (La Nación/Foto de archivo)
Puedo decir que mi familia se unió como nunca desde entonces y ahora disfruto cada segundo de ellos y de mis seres queridos.
De ahí, sin embargo, nació una duda. ¿Por qué debo esperar a esos momentos finales para poder demostrarles a mis seres queridos el gran amor que les tengo?
Creo que nunca he sentido a la sociedad costarricense tan afligida como en estos tiempos. Como animales cautivos, mordemos a nuestro vecino al sentirnos acorralados. Nos cuesta entender que, igual que nosotros, ellos viajan en el mismo barco y se sienten igual de asustados. Pero el miedo no me ha hecho olvidar que hoy puedo decidir otro camino.
Hoy puedo decir que elijo la sonrisa, el abrazo y el mirar a los ojos. Decido acostarme en la tierra, mirar las estrellas y ver la inocencia del mundo. Escojo fusionarme entre abrazos de personas que, sin conocerme, no dudan en entregarse. Busco transmitir el amor más honesto con un gesto consciente y presente. Comprendo que debo transitar este solitario camino, pero no dudo en saludar con una sonrisa sincera al que camina en el sendero vecino.
El día de hoy elijo creer que el ser humano es bueno en su esencia. Decido quitarme la venda y luchar por el otro. No desde el miedo que paraliza, sino desde la compasión que me alimenta. Elijo aceptar mi camino y agradecerle a Dios por estar vivo y poder, así, cumplir mi destino.
Usaré la fuerza transformadora de la compasión para cambiar mi entorno y así, poco a poco, al mundo entero. Sé que parece una utopía, pero realmente no es tan difícil.
Haga la prueba hoy mismo. No debemos esperar a que la muerte se acerque. Termine de leer esta columna y dígale a un ser amado, mirándolo a los ojos: “Te quiero”. O, mejor aún, saluden al extraño que tengan más cerca con una sonrisa sincera y verán cómo la energía se transforma, el espacio se ilumina y el alma de ambos se limpia.
Desde la Fundación Partir con Dignidad, levantamos la voz para invitarlos a ser parte de este cambio. Llamamos a unirnos como país en una Red de Compasión para, finalmente, acallar los gritos cotidianos que sé que a todos nos atormentan.
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Ernesto Picado Ovares es médico geriatra y paliativista.