Debo empezar por mencionar que, desde muy temprana edad, recuerdo a mis abuelos y padres inquietos por la llegada del diario impreso a primeras horas de la mañana. También recuerdo la ansiedad que generaba el atraso en su entrega y, ni qué decir, el enojo cuando, por algún motivo, no lo recibían.
Nunca olvidaré la admiración con que observaba la atención que mis familiares adultos prestaban a cada detalle del periódico, incluida la gran cantidad de anuncios que caracterizaban sus ediciones hasta no hace tanto tiempo. Era el medio para enterarse de los acontecimientos nacionales e internacionales, las promociones, los resultados de la lotería y los partidos de fútbol de los lunes; saber quién había partido a una mejor vida, qué estaba a la venta en diferentes categorías, conocer las publicaciones de índole legal y, claro, consultar la agenda social, en la que resaltaban acontecimientos como los matrimonios y sus rimbombantes celebraciones.
Algunas costumbres reflejan con claridad la importancia que tenía leer el periódico y la necesidad de no perderse ninguna edición. Así, cuando mi papá salía de viaje, sin importar por cuánto tiempo, pedía que le guardaran todos los ejemplares publicados durante su ausencia. A su regreso, como parte de su agenda –y a veces durante varias largas sesiones– se ponía al día con la lectura.
Una “mención honorífica” merece la página de las caricaturas, que, en muchos casos, era la única que consultaban algunas personas. La cartelera de cine, sin la cual en aquellos tiempos habría sido imposible saber qué película se proyectaba en cada cine y en qué horario, era de consulta obligatoria al acercarse el fin de semana. Ni qué decir del horóscopo, que muchos lectores revisaban a diario para conocer la “temperatura” que tendría su jornada y aquello a lo que se enfrentarían.
También es gracioso recordar algunas imágenes que, estoy seguro, muchos compañeros de generación tienen tan presentes como yo. Me refiero al uso de las páginas de periódicos de días anteriores para envolver alimentos en carnicerías y verdulerías; a las hojas de periódico impregnadas con diversos ungüentos para aliviar la tos y el resfrío; a su utilidad para limpiar vidrios y contribuir a la higiene de las mascotas y, claro, a su gran versatilidad para encender barbacoas y fogatas.
En mi época escolar, allá por los años 70, con frecuencia nos asignaban tareas relacionadas con artículos del periódico. Era una manera de fomentar desde temprana edad la lectura diaria de este medio y de desarrollar el hábito de mantenerse bien informado y al día con el acontecer noticioso.
Quienes logramos adquirir el hábito de leerlo a diario pasamos buena parte de nuestra juventud y adolescencia consultando La Nación, con mayor o menor detenimiento, pero siempre con un ligero cargo de conciencia si, por algún motivo, algún día omitíamos por completo su lectura.
Durante nuestros años como estudiantes universitarios y, después, como jóvenes profesionales, era imperdonable no poder comentar la noticia del día desde primera hora de la mañana. No haber leído el periódico temprano nos impedía conversar sobre los temas del momento y, principalmente, sobre alguna noticia escandalosa que estuviera en desarrollo.
La lectura de muchos de sus destacados columnistas merecía, en numerosas ocasiones, convertirse en tema obligado de un almuerzo de negocios o de una buena mesa de tragos. Sus artículos, con tonos y mensajes más o menos sutiles, críticas y una creatividad y sátira que a veces nos obligaban a carcajearnos, siempre nos acompañaron. Algunos de esos textos y sus autores permanecen vivos en nuestra memoria.
En la actualidad, “varios” años después y tras haber sido testigos del desarrollo de las diversas plataformas tecnológicas y el advenimiento de las redes sociales, la impaciente necesidad de estar informados al minuto ha transformado la manera de consumir noticias.
Esto podría hacernos pensar que medios impresos como La Nación y otros están en vías de extinción. Sin embargo, considero que todavía tienen la oportunidad de conservar su lugar de privilegio junto a otras plataformas y medios de distribución de información, siempre que respondan a las necesidades que satisfacen hoy, en contraste con las que atendían en el pasado.
Nos resulta difícil imaginar la vida de las nuevas generaciones sin leer el periódico a diario. Y es que, para muchos de nosotros, el día siempre estará incompleto si no recibimos la versión impresa. Nada como acompañar el desayuno de huevos y gallo pinto pasando terapéuticamente sus páginas, una a una, mientras nos preparamos para enfrentar una nueva jornada.
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Luis Chasí Prestinary es ingeniero civil.