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Elogio de la bruma

La bruma nos recuerda que no todo necesita estar perfectamente definido para ser reconocible. A veces basta con una insinuación

Alrededores del volcán Turrialba, poco antes del atardecer.
Alrededores del volcán Turrialba, poco antes del atardecer. John Durán

A inicios de los ochenta, cuando visitaba la casa de mi tía Yolanda, Cartago era la ciudad de las brumas. No lo era porque los mayores la llamaran así. Eso vino después. Lo era porque las tardes frías llegaban envueltas en una cortina de vapor que lo difuminaba todo: las calles, los autobuses, los ciclistas, la estación del tren y el parque de las ruinas.

Hace pocos días viajé a las faldas del volcán Irazú y recordé aquella ciudad que parecía estar a punto de desaparecer, aunque nunca terminaba de irse. Ahí el paisaje acaricia el ojo con líneas que sugieren el bosque y el horizonte. Uno cree distinguir algo entre los árboles, pero no puede estar del todo seguro. Entonces la imaginación se encarga de completar lo que falta.

“La bruma es el ensueño del agua, que se esfuma en leve gris”, escribió el poeta mexicano Amado Nervo a inicios del siglo XX. En esa frase, el agua se vuelve sueño, adquiere una forma que apenas podemos reconocer y luego se transforma en algo que no sabemos bien cómo nombrar.

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