A inicios de los ochenta, cuando visitaba la casa de mi tía Yolanda, Cartago era la ciudad de las brumas. No lo era porque los mayores la llamaran así. Eso vino después. Lo era porque las tardes frías llegaban envueltas en una cortina de vapor que lo difuminaba todo: las calles, los autobuses, los ciclistas, la estación del tren y el parque de las ruinas.
Hace pocos días viajé a las faldas del volcán Irazú y recordé aquella ciudad que parecía estar a punto de desaparecer, aunque nunca terminaba de irse. Ahí el paisaje acaricia el ojo con líneas que sugieren el bosque y el horizonte. Uno cree distinguir algo entre los árboles, pero no puede estar del todo seguro. Entonces la imaginación se encarga de completar lo que falta.
“La bruma es el ensueño del agua, que se esfuma en leve gris”, escribió el poeta mexicano Amado Nervo a inicios del siglo XX. En esa frase, el agua se vuelve sueño, adquiere una forma que apenas podemos reconocer y luego se transforma en algo que no sabemos bien cómo nombrar.
Es curioso que hayamos llegado a considerar la nitidez una virtud en sí misma. Las pantallas mejoran su resolución, las cámaras aumentan la cantidad de píxeles y los teléfonos ofrecen fotografías capaces de registrar hasta el último detalle. Como si el mundo tuviera la obligación de presentarse con los contornos bien definidos. Como si ver consistiera en eliminar las dudas.
Hay cosas que se ven mejor cuando no se ven del todo. Una silueta puede despertar más curiosidad que un retrato detallado. Algunos recuerdos perderían buena parte de su encanto si pudiéramos reconstruirlos con precisión.
La bruma nos recuerda que no todo necesita estar perfectamente definido para ser reconocible. A veces basta con una insinuación.
A menudo confundimos la bruma con la niebla, aunque la niebla es más densa y reduce considerablemente la visibilidad. Si la bruma deja entrever el mundo, la niebla lo hace desaparecer. Si una es sugerencia, la otra es magia.
Imagen captada en las faldas del volcán Irazú. (Fotografía: Jurgen Ureña/Cortesía)
La bruma tiene también aplicaciones más modestas. En un taller mecánico, el color nuevo debe fundirse con la pintura de la carrocería hasta que la reparación deje de llamar la atención. En una peluquería, el corte suaviza las diferencias de longitud del cabello. El pintor mezcla tonos y difumina contornos para que una superficie plana sugiera profundidad. En todos estos casos, se busca suavizar las transiciones, como sabe hacerlo muy bien la bruma.
En la antigua Grecia, quienes acudían al oráculo de Delfos esperaban obtener respuestas sobre algo que todavía no había ocurrido. Pero las respuestas eran ambiguas y su interpretación exigía un trabajo adicional. El oráculo hablaba siempre de manera brumosa, con metáforas, y quien consultaba debía arreglárselas con lo que había entendido.
No estamos tan lejos de Delfos como creemos. También nosotros queremos saber qué va a pasar, qué significa una frase escuchada a medias o si una coincidencia es solamente una coincidencia. Algunos buscamos el número ganador de la lotería en las hojas de las plantas; otros encontramos mensajes en los sueños o hilos secretos entre acontecimientos que no tienen ninguna relación.
Mientras escribo esto, suena en la computadora No te espero, del grupo Hijos. La canción fue compuesta por Pablo Rojas, quien, además de ser mi amigo, es cartaginés. Es decir, brumoso.
No te espero dura tres minutos y diecisiete segundos: el tiempo suficiente para que una voz diga algunas cosas y deje muchas otras en el aire. La canción habla de una despedida que se anuncia y de una espera que podría llegar a su fin.
Conforme la escucho, las palabras adoptan nuevos sentidos. La misma frase suena primero a resignación, más adelante a libertad y después a derrota. Sospecho que hay una cierta clarividencia en ese desplazamiento.
Pienso en la música, capaz de conservar una emoción que se mueve con nosotros. Pienso en la ciudad de Cartago de mi infancia. No sé si la recuerdo tal como era o si, con los años, he ido incorporando a mi memoria imágenes de otras ciudades y otras tardes de frío.
Tal vez por eso hablamos de las brumas del tiempo cuando comienzan a fallarnos los recuerdos. Quizá las calles no estaban tan cubiertas de bruma como me gusta pensar y el parque de las ruinas nunca estuvo a punto de desaparecer.
Vivimos entre muchas suposiciones y pocas certezas. Una de mis suposiciones más recientes, una que me resulta cercana, asegura que el mundo pierde contornos y gana posibilidades cada vez que nos sumergimos en la bruma.