Tenemos un tipo de cambio similar al de hace 11 años. Recibimos la misma cantidad de colones por los bienes exportados como hace 11 años, pero los salarios aumentaron un 63 % en este periodo para los productores. Ese incremento refleja, como mínimo, la inflación acumulada.
La situación estimula y vuelve más barato lo importado, y lo que producimos para vender en el extranjero se vuelve caro. Perder competitividad nos saca del mercado porque, para competir, no basta la eficiencia del productor, hay que agregar la del país.
Usualmente, no podemos influir en los precios de exportación, los cuales tienden a la baja en el mercado internacional.
También coloca en situación de dificultad a los productores que venden en el mercado local porque por el tipo de cambio es más barato lo importado y nos convertimos con más facilidad en el mercado de otros países. Lo que producimos en Costa Rica genera más empleo y riqueza que si lo importamos. Si compramos lo que producimos, los costarricenses tenemos más trabajo.
Impuesto solapado. No solo somos un país caro para producir bienes. El tipo de cambio nos resta competitividad al convertirse en una especie de impuesto solapado para el productor, lo cual desestimula y frena el crecimiento de sectores como el agroindustrial, alimentario, agrícola y pecuario, y a la industria tradicional y a la dedicada a servicios para consumo interno.
No es de extrañar el traslado de empresas a otras naciones, que la producción de café sea la mitad de lo que era hace 15 años, el decrecimiento de sectores agrícolas dedicados a las plantas ornamentales, los follajes, las flores y el azúcar, entre otros.
Tampoco debe causar sorpresa la desaparición de pymes piñeras y bananeras. Ni siquiera el tener que exportar productos lácteos y cárnicos a precios inferiores que en el mercado interno, usualmente con pérdidas o ganancias muy bajas para poder vender en otros países lo que no absorbe el mercado local.
Los productores de bienes destinan alrededor del 40 % de sus gastos a empleo. Si les suben los salarios un 63 % y les mantienen sus ingresos por tipo de cambio, les reducen sus entradas en alrededor del 25 % para crecer o sobrevivir.
Estos derechos adquiridos parecen importarles muy poco a nuestras autoridades, aunque hace unos días salió la noticia de que en Costa Rica las pymes aportan muy poco empleo, contrario a lo que ocurre en otras naciones. Nada que extrañar, cosechamos lo que sembramos. Ni la informalidad parece compensar este proceso.
Trato desigual. Mientras tanto, a modo de comparación, los salarios del Ministerio de Educación crecieron un 70 % real en 6 años entre el 2007 y el 2013, pero esos derechos adquiridos son intocables. ¿Alguien puede imaginar qué habría pasado si a los empleados públicos no se les hubiera aumentado el salario en 11 años? Es impensable.
Un productor fracasa y la justificación es simple: “Por ineficiente”. Pero la palabra, desafortunadamente, no existe en el diccionario del “sector público”.
Este año, el gobierno ha recibido más de $2.300 millones prestados para mantener esos derechos adquiridos, a costa de afectar, entre otras cosas, “artificialmente” el tipo de cambio real para seguir alimentando el desempleo aquí y el empleo en otros países.
Como es típico en el comportamiento humano, nos salimos de un extremo para caer en el otro. Hoy, la célebre frase de don Pepe, parece que dio vuelta: “Para qué violines sin tractores”.
ronaldsolis@hotmail.com
El autor es agricultor y exdiputado.