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Foro: Desechar la extinción de dominio

La historia de la humanidad está poblada de momentos en los cuales el abuso estatal dejó los peores saldos.

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Una sociedad democrática robusta entiende que las garantías procesales son un valor. De cara a los que azuzan las redes sociales pidiendo mano dura contra los malos e incendian los espacios mediáticos reclamando testosterona para parar la criminalidad, la prudencia es la mejor consejera. Las garantías procesales no son un muro que arropa la impunidad; son, al contrario, un conjuro contra la arbitrariedad.

El Estado reúne todo el poder, puede poner a andar la maquinaria punitiva contra todo ciudadano y despojarlo de lo que sea, de su libertad y, en algunos casos, hasta de su vida. No es dramatismo, es realismo. Por eso, la potestad sancionadora debe ser ejercida con contención y muchos controles. La historia de la humanidad está poblada de momentos en los cuales el abuso estatal dejó los peores saldos.

Trampa retórica. El proyecto de extinción de dominio se presentó hace casi cuatro años con la promesa de que sería una herramienta para incautar los bienes provenientes del crimen organizado; así suena muy bien, difícilmente alguien se opondría a que las ganancias del tráfico de drogas sean invertidas en obras sociales o en fortalecer los cuerpos de seguridad. Pero detrás se esconde una perversa inversión de principios constitucionales, como el de inocencia, la carga probatoria o la doble instancia. En la última versión, se amplían los delitos que se pueden perseguir por esa vía y se va bastante más allá de lo que propone la propia ONU en su proyecto modelo.

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