Leyeron bien: “planitud”, no plenitud, como uno esperaría.
Es que si nos remontamos 60 años atrás, mis abuelas (no tuve la dicha de conocer a mis abuelos), a pesar de que no eran tan entradas en años, lucían como verdaderas ancianas.
Chal negro para la misa y moño riguroso al centro de la nuca. Pelo suelto a lo Gloria Trevi, ¡jamás! Falda a media pierna, hábito del Carmen y, sobre todo, una actitud ante la vida severa, seria, mortal.
A mi mamá le tocó más suave, más relajado, pues a sus nietos millennials –pioneros de su generación– les gustaba ver la tele y jugar con Transformers y cubos Rubik. A ella le parecía divertido contarles de su vieja infancia y tratar de ser empática, aunque entre sus muñecos de porcelana y las intrépidas Barbies hubiese un abismo de distancia.
Aun así, ellos tienen un recuerdo cercano de lo que fue como abuela, pero no tan nítido y orgánico como el que tengo yo de las mías.
Pero a Fernando y a mí nos ha tocado vivir no la plenitud de ser abuelos, sino la “planitud”, porque nuestras nietas nos conocen más a través de la pantalla de una tablet o de un dispositivo de última generación que por el contacto con nuestros cuerpos reales.
Es por la distancia, dirán algunos.
¡Gracias a la tecnología las ven todos los días!, dirán otros.
Y todo es verdad.
No obstante, recuerdo a una de mis abuelas gordita y a la otra, delgada. Sé exactamente a qué olía una y a qué, la otra. Reconocería sus voces entre millones y también sus gritos y pellizcos, si nos distraíamos en el rezo... en tanto que mis adoradas nieticas, tal vez no.
Cuando nacieron, Fer y yo, como cigüeñas modernas, nos trasladamos a lejanas latitudes para recibirlas con todo nuestro amor de abuelos ticos. Jalamos una maleta de bizcochos, galletas de dos colores, café, dulce en polvo, cajetas, atunes, salsas y todo lo que añora y espera un ser querido cuando está lejos de su patria.
Y ni qué decir de la canasta de Little World, con prendas bonitas, buenas y baratas para que nuestras amadas bebas hicieran su pasarela.
No faltaron las sandalitas y los vestidos de campesinas para celebrar nuestra Independencia en su lejana tierra, ni las oraciones para que, siendo norteamericanas, pero de padres ticos completamente nacionalizados allá, no me las fuera a agarrar la “Migra” y a dejarlas a este lado del río Bravo.
Pero ese no es mi punto.
Desde que nos vinimos, estando ellas recién nacidas, solo nos hemos visto gracias a la virtualidad.
Conocen mi cocina, los imanes de la refri, el color de mis almohadas y la tela de mis pijamas. Mi jardín es un cuadrito y las mascotas, estampillas que se asoman de vez en vez.
Por supuesto, adoran a su Tito y a menudo me preguntan “What’s your name?” y, en mi inglés rebuscado, trato de contestar en su idioma, lo que ocasiona muecas de horror y de lástima, al ver que mi segunda lengua es más parecida a la de Tarzán que a su idioma nativo.
Pero, sin duda, deben creer que Fer y yo somos como dos tablas de plywood, dos cartas de naipe, dos siluetas sin relieve: sin pies que caminen, caderas que duelan, pancitas que se salgan ni calambres que nos despierten.
Para ellas, debemos ser algo así como un par de muppets que solo tienen jupa, tronco y manos.
Y no solo debe ser el caso nuestro.
En un mundo donde sustituimos los abrazos por WhatsApps, las llamadas telefónicas por mensajes de audio y los álbumes familiares por selfis donde no se luce a los abuelos sino al granizado con dos leches, no hay que estar en dos puntos opuestos del planeta para vernos solo por la “planitud” de las pantallas.
Estoy segura de que muchos hijos y nietos resuelven su relación con los mayores así, en lugar de “golpe a golpe, beso a beso”, como decía Antonio Machado en Cantares. Será más bien “audio a audio, video a video”.
No me preocupa ni me duele. Más bien me hace gracia.
Yo, 50 años después, describiría a una de mis abuelas, más o menos diciendo: “Era bajita, canosa, rezadora y tenía el ceño fruncido por las chichas que se había llevado con la vida, pero hacía la mejor sopa de pollo y su casa olía a cera y a lilimento…”.
A lo mejor, mis nietas dirán en unos 40 años, cuando yo esté viendo las margaritas crecer por debajo: “Ella era Android 2.0, tenía 128 megas y un giga de velocidad; tenía buen contraste, buen volumen y la pantalla mate. Aun así, siempre nos adoró”.
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Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.