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Esos escritos no nacidos que hasta me jalan el pantalón

Hablo de todos aquellos escritos no escritos que rondan por mi mente, que me visitan en momentos inoportunos, que son recurrentes, orgullosos, que suelen pujar por salir a la superficie porque están convencidos de que valen la pena

Plano de detalle de hombre tecleando en una máquina de escribir, muchas hojas escritas a su alrededor, taza de café al fondo
Una estampa "vintage" del proceso creativo de dar vida a columnas, cuentos o microensayos. Pixel-Shot

Se hacen notar con vida propia en cualquier momento: en medio de la madrugada, con despertares iluminados y una claridad del mundo digna únicamente de la psilocibina; durante la tertulia, en particular la de la zona rural, la de las tradiciones heredadas y esa conexión única con sus códigos y la forma de hacerse entender, mientras la brisa me recorre la cara y me da una extraña sensación de pertenencia y de bienvenida; o cuando el ritmo de escritura afina los sentidos para observar lo cotidiano, lo sencillo, lo evidente únicamente cuando existe atención plena.

Los escritos, las columnas, los de opinión, los cuentos o los microensayos suelen aparecer –en mi caso– en algún lugar entre los linderos de la disciplina y la espontaneidad, usualmente detonados por una idea que brota solita durante algún tipo de ejercicio mental. En esa fórmula mágica, sin la tozudez de –idealmente– escribir las sensaciones de una vez, en su estado más crudo y puro, o, al menos, hacerlo poco después, la motivación se diluye como la luz de la tarde que con sombras cubre la montaña hasta apagarla por completo.

Los llamo los no nacidos a todos aquellos escritos no escritos aún que rondan por mi mente, que me visitan en momentos inoportunos, que son recurrentes, orgullosos, que suelen pujar por salir a la superficie porque, en su sentido de individualidad, están convencidos de que valen la pena.

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