
Elegancia, misteriosa palabra. Guarda más relación con la riqueza interior que con el adorno externo. La inteligencia es su gran protagonista. Detrás de un comportamiento elegante, hay una inteligencia despierta. Del verbo latino eligere, “elegir”, ella nos remite a su origen: “saber escoger” lo auténtico, lo apropiado y lo bello. Está más vinculada a las ideas de lo que se supone. A las valoraciones internas. Adjudicarla exclusivamente al mundo de la moda es una identificación errónea. Es una virtud porque en la elección se resuelve la elegancia.
Necesitamos atemperar los ánimos, contar con un equilibrio civil. Ya tenemos profundos desequilibrios económicos y sociales. La madurez es una manifestación de elegancia humana. La inmadurez fabrica constantes tensiones. Requerimos, como Alejandro Magno, cortar el “nudo gordiano” de la discordia. Ya no para conquistar Asia, sino para ganar algo que dice mucho del talante democrático: una ingeniosa concordia.
El respeto “es la vía maestra” para un desarrollo armonioso que no siempre será lineal. La apertura a cambios de perspectiva puede ayudarnos a madurar y a redescubrir principios y criterios compartidos.
La patria, más que un territorio que hay que defender, es un bien que hay que compartir. El raciocinio es también un don por compartir, no una posesión por reclamar. El que cree tener siempre la razón puede andar desorientado y afectar una ecología política que requiere de sensatez.
Nada descalifica más a una persona que la pérdida de control. Una persona prudente tiene en cuenta que es dueña de sus silencios y esclava de sus palabras.
El patriotismo es una virtud cívica que precede a la acción política. Configura nuestra personalidad, particularmente en las primeras fases de crecimiento.
El historiador romano Tito Livio afirmaba que las virtudes cívicas eran el motor político y militar del éxito de Roma. Explicaron su crecimiento y esplendor. En su obra Ab Urbe Condita (Desde la fundación de la ciudad), defiende que la grandeza de la República no se debió a su riqueza o a la suerte, sino al carácter moral de sus ciudadanos y líderes.
Roma era invencible cuando actuaba conforme a sus principios. Al descuidarlos, decayó y el Estado entró en crisis. Destacaban entre estas virtudes cívicas: Pietas, un respeto, deber hacia la familia y la patria; Virtus, fortaleza, valor y excelencia para actuar correctamente; Fides, fidelidad, lealtad y cumplimiento de la palabra dada, base de la confianza jurídica y política; Fortitudo, coraje y resistencia ante el peligro y las dificultades; Gravitas, autocontrol, dignidad y responsabilidad en la vida pública; Frugalitas, austeridad, sencillez y moderación frente al lujo y la riqueza; Concordia, unidad y armonía entre los ciudadanos; Disciplina, orden y obediencia a las leyes, autoridades y normas sociales; lo que les hizo vencer a enemigos más talentosos pero desorganizados.
Ser libre no significa poder elegir, sino saber elegir. Elegir un buen criterio, la palabra y el comportamiento.
Eso es elegancia. Lejos de una pose, es una decisión personal.
Ojalá que estas virtudes cívicas nos motiven y orienten a cuidar las formas y el tono en todos los terrenos en que nos desenvolvamos.
¡Qué seductora es la elegancia! La politesse de la cortesía. Una buena educación no se improvisa. Empieza en casa. Y Costa Rica es casa de todos. Estos buenos hábitos nos conducirán a una fisonomía cultural amable y positiva. Algo, por cierto, muy costarricense.
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Helena Fonseca Ospina es administradora de negocios.
