¿Cuánto vale un día de nuestra vida? No uno extraordinario. Pensemos en uno cualquiera: levantarnos, trabajar, atender a la familia, resolver problemas y acostarnos. Un día que parece igual a tantos otros, pero que jamás volverá.
La rutina no es nuestra enemiga. Sostiene hogares y trabajos. El peligro comienza cuando funcionamos en piloto automático: repetimos los mismos gestos y dejamos de prestar atención. Comemos sin conversar, caminamos sin observar y terminamos el día sin recordar un momento vivido plenamente.
Así no solo pasan los años: se nos escapan los minutos. Esos minutos que, sumados, forman nuestra vida.
No siempre necesitamos cambiar de vida. A veces basta con transformar nuestra manera de vivirla.
Un desayuno compartido, una conversación, un libro, una oración o una pausa para contemplar la naturaleza pueden parecer cosas pequeñas. Pero la existencia está hecha de ellas. No todo puede reducirse a producir, pagar cuentas y cumplir horarios. También necesitamos cultivar amistades, descansar, disfrutar y agradecer.
Somos más que nuestros títulos y ocupaciones. Las responsabilidades son valiosas y muchas veces exigentes. No ignoramos las limitaciones de quienes llevan cargas enormes. Pero nuestra propia vida también merece atención. ¿Cuántas veces decimos “cuando tenga tiempo” y posponemos aquello que podría dar sentido a nuestros días?
Lo mismo ocurre con el servicio a los demás. A veces dejamos para la jubilación nuestro compromiso de ayudar. Sin embargo, servir no debería aplazarse ni limitarse a gestos ocasionales. Es una actitud que debemos cultivar cada día hasta convertirla en un estilo de vida: hacer el bien sin esperar recompensa, reconocer el rostro de Cristo en quienes necesitan nuestra ayuda y pedirle a Dios generosidad y perseverancia para continuar, incluso en las dificultades.
El amor comienza cerca: en la paciencia con nuestros padres mayores, en la escucha atenta a nuestros hijos, en el respeto a nuestra pareja y en el acompañamiento a un familiar enfermo. También alcanza al vecino que vive solo, al compañero que atraviesa dificultades y a quien necesita una palabra de aliento. No siempre podemos resolver el sufrimiento ajeno, pero sí evitar que alguien lo enfrente en soledad.
La película Días perfectos, de Wim Wenders, presenta a Hirayama, un hombre que limpia baños públicos en Tokio y encuentra dignidad en su trabajo y belleza en detalles sencillos. Su historia cuestiona una sociedad que mide el valor de las personas por el dinero, los cargos o el prestigio. Una existencia sencilla no es necesariamente una vida vacía; una agenda llena tampoco garantiza una vida plena.
Desde mi fe cristiana, cada jornada es un regalo de Dios y una oportunidad para amar. Jesús nos enseñó a reconocerlo en quien tiene hambre, está enfermo o necesita acogida (Mateo 25, 31-40). La fe no puede quedarse en palabras: se expresa en acciones concretas. Independientemente de nuestras creencias, podemos preguntarnos: ¿qué huella dejamos en quienes comparten nuestro camino?
No busco despertar culpa por el tiempo pasado. Mientras tengamos vida, podemos comenzar de nuevo. Hoy podemos pedir perdón, visitar a alguien, retomar una amistad, escuchar sin mirar el teléfono o detenernos a contemplar lo que tantas veces damos por sentado.
Incluso en medio de nuestras múltiples ocupaciones, vale la pena preguntarnos: ¿qué haré hoy para que este día tenga sentido, para mí y para los demás? No es otra obligación; más bien, es una forma de recordar que, mientras atendemos nuestros compromisos, vivimos una parte irrepetible de nuestra existencia. No sabemos cuánto tiempo nos queda, pero tenemos este instante, esta oportunidad de vivir plenamente.
No esperemos una crisis, la vejez o una pérdida para descubrir el valor de lo que tenemos ante nosotros. La vida no está esperando en algún lugar del futuro; está sucediendo ahora. Y quizá la mayor sabiduría consista en descubrir, antes de que sea demasiado tarde, que lo verdaderamente extraordinario siempre estuvo escondido en lo cotidiano.
carmelarojas2@hotmail.com
María del Carmen Rojas Rojas es periodista e historiadora.