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El valor sagrado de lo cotidiano

Vivimos esperando: que llegue el viernes, las vacaciones, que los hijos crezcan, que mejore la economía o que, finalmente, podamos jubilarnos. Mientras tanto, la vida sucede

Trabajadores regresando a casa
La avenida 4 de San José se llena de transeúntes cada tarde, a la salida de los trabajos. Pero la vida es más que producir, pagar cuentas y cumplir horarios. Rafael Pacheco Granados

¿Cuánto vale un día de nuestra vida? No uno extraordinario. Pensemos en uno cualquiera: levantarnos, trabajar, atender a la familia, resolver problemas y acostarnos. Un día que parece igual a tantos otros, pero que jamás volverá.

Vivimos esperando: que llegue el viernes, las vacaciones, que los hijos crezcan, que mejore la economía o que, finalmente, podamos jubilarnos. Mientras tanto, la vida sucede. Y de pronto han pasado 10, 20 o 30 años. Hemos cumplido, quizá con grandes sacrificios, pero ¿hemos vivido de verdad esos años o simplemente los hemos dejado pasar?

Lo cotidiano no es lo que sucede mientras vivimos; lo cotidiano es la vida misma.

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