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El síndrome de ‘Los puentes de Madison’

Dorelia Barahona
Dorelia Barahona

No hay que ser mujer para no haberse sentido alguna vez como Francesca, la protagonista de la novela de Robert James Waller: Los puentes de Madison. Un ama de casa perdida entre los árboles y los cultivos de una granja de provincia, Madison County, que topa con el multifacético hombre de mundo, Robert Kincaid, fotógrafo profesional consumado, en su paso por el pueblo.

Con esto no me refiero a la historia romántica que protagonizaron magistralmente Clint Eastwood y Meryl Streep. Me refiero a experimentar la sensación de vivir perdiéndose lo mejor de la vida y que esta vida, por supuesto, está en otra parte. Y esta sensación de perdida la tiene en la novela, tanto el ama de casa provinciana como el fotógrafo hombre de mundo.

Las historias de antípodas fascinan y esta que trata sobre la vida en una provincia y la vida en el camino, on the road, o en los lugares donde si pasan todas las cosas es particularmente provocadora para quienes vivimos en las periferias del mundo. Una de cal y otra de arena. ¿La falta de estímulo de la vida en la periferia es compensada por el don de lo apacible? Sí y no.

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