Hace unos días escribí en este espacio sobre el llamado juego del mono: dos se pasan la bola y el del medio corre detrás de ella. Hay una variante más cruel. Al mono le enseñan la pelota, le repiten que es suya y se la prestan un ratito, pero nunca se la dejan llevar a la casa.
Así funciona hoy nuestro ahorro en el Régimen Obligatorio de Pensiones Complementarias (ROP) y en el Fondo de Capitalización Laboral (FCL).
Lo que se prometió
En julio de 1999, el Poder Ejecutivo envió a la Asamblea el Proyecto de Ley de Protección al Trabajador. Su exposición de motivos fue franca: cerca del 30% de los mayores de 65 años no tenía pensión, cerca del 40% de los asalariados privados no estaba asegurado y los bonos del Estado en que invertía la Caja habían perdido el 23,3% de su valor real entre 1979 y 1982.
La respuesta fue un sistema mixto “a la tica”: el régimen de Invalidez, Vejez y Muerte seguiría como base solidaria, y unas cuentas individuales “vendrán a complementar” sus pensiones. El FCL nació, dice el mismo texto, como “propiedad indiscutible de los trabajadores”. Y todo, se prometió, “sin necesidad de contribuciones netas adicionales”. La ley se aprobó en febrero del año 2000. Pero la realidad es otra: hoy la Caja propone trabajar más, aportar más y recibir menos.
En lo que se convirtió
Veintiséis años después, el ahorro existe: al 30 de setiembre, el ROP sumaba ¢15,37 billones, según la Superintendencia de Pensiones. Pero más de la mitad está prestada a un solo deudor, el Estado: el 54% (¢8,3 billones) está en títulos de Hacienda y del Banco Central. En el FCL, el 52,4 %.
La paradoja es completa: el ROP nació porque los bonos del Estado se habían comido el ahorro de la Caja, y hoy nuestro ahorro está, otra vez, en bonos del Estado.
No digo que esos títulos sean malos: pagan intereses, y el ROP rindió 8,68 % nominal en el último año. Digo otra cosa: el dueño no decide dónde se invierte su ahorro, no puede sacarlo, y quien más lo pide prestado es el mismo que fija las reglas para devolverlo: el Gobierno. Cada mes vemos la pelota en el estado de cuenta; nunca la tocamos.
Tres amarras sujetan esa pelota
Primera: protegido de su propio dueño. En 2014, la Sala Constitucional rechazó una acción contra las reglas que impiden retirar el ROP y llamó al retiro total “una excepción dentro del sistema” (voto 2014-003343). Dos magistrados salvaron el voto: ese dinero “es propiedad privada” y la limitación “es excesiva”. Traducido: si el dueño pide su plata, le dicen que no es plata, que es seguridad social. Si el Gobierno la necesita, sí es plata, y se la prestan.
Segunda: las urnas, cerradas. El 23 de setiembre, el Tribunal Supremo de Elecciones rechazó de plano recoger firmas para un referéndum sobre la devolución del ROP, como informó este diario el 1.° de octubre: el artículo 105 de la Constitución excluye del referéndum los proyectos “de pensiones”. Ni en las urnas deciden los dueños.
Tercera: el deudor escribe las reglas. El Estado regula el sistema, define cuándo y cómo nos devuelven el ahorro y es, a la vez, su principal deudor. Es el mismo Estado que le debe a la Caja ¢4.46 billones, casi todo sin acuerdo de pago. Cuando el árbitro es también el que pide prestada la pelota, el juego tiene dueño, y no es el mono.
Ahora nos ofrecen una pelota nueva. El Consejo Nacional de Supervisión del Sistema Financiero aprobó la “renta estable”, que regirá desde enero del próximo año, como informó este diario el 9 de octubre: ¡qué generosidad: una forma más de recibir lo nuestro! Cambia el pase, no la cancha. En todas, el ahorro sale a cuentagotas, con reglas que fijan otros. En la renta permanente, el dueño solo cobra los intereses: el capital que aportó mes a mes durante décadas lo reciben sus beneficiarios cuando muere.
Pido romper el sistema. Empezando por lo mínimo: que cada estado de cuenta diga, en colones, cuánto de mi ahorro está prestado al Gobierno, a qué plazo y a qué tasa. Y después, reformar de raíz las reglas del ROP y la forma de devolverlo a quien lo aportó.
Porque, tal como está, el juego tiene dos ganadores: el Estado, que usa la pelota mientras tanto, y los herederos, que se la llevan al final. El único que nunca la tiene en las manos es quien la pagó.
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Walter Reiche Fischel es empresario y afiliado al ROP.
