Redacté un artículo similar a este hace poco menos de cuatro años, con la esperanza de que las cosas podían evolucionar. Lamentablemente, esto quedó como una mera ilusión. Entramos de nuevo en época electoral, en la cual, en conjunto con una apatía inmensa de la población, esperamos recibir propuestas de valor. Y, nuevamente, lo que vamos encontrando en el camino es un producto deficiente, ausencia de argumentación lógica y de respuestas coherentes y de propuestas sólidas, concisas y realistas.
Ahora bien, qué injusto achacarles toda la responsabilidad a los políticos de turno. Sin duda, los partidos políticos tienen una cuota vasta de responsabilidad en lo que respecta a la irresponsabilidad electoral y ciudadana. Las mismas fórmulas de siempre siguen vigentes, tales como –pero sin limitarse a– demagogia, populismo, discursos de antaño, promesas sin sentido y ataques personales. Parece que no es prioritario agregarle valor a un país que sufre día con día y carece de progreso. Simplemente, pareciera que no es rentable.
No obstante lo anterior, tratemos de escarbar y ahondar en las causas raíz. Allí nos encontraremos de frente con el funcionamiento de nuestro decaído sistema educativo. ¿Qué sucedería si formamos niños y jóvenes analíticos, sagaces, que cuestionen lo que tienen en frente, lo que ven y escuchan? Formaríamos adultos de valor. Bajo ese escenario, no estaríamos plagados de partidos políticos irresponsables y malintencionados, pues se le exigiría calidad al producto que se consume proveniente de nuestros políticos.
¿Dónde están los valiosos cursos de finanzas personales, de principios básicos de economía, de una esencial teoría del Estado? Porque, seamos realistas, gran parte de la población desconoce temas tan básicos –pero, a la vez, relevantes– como quién crea una ley, qué funciones tiene nuestro presidente y qué hace el Poder Judicial. Y en el ámbito personal, formas de ahorro personal, cómo invertir el dinero, ventajas y desventajas de una tarjeta de crédito. Y la lista sigue.
El sistema educativo falló. Tanto en forma como en fondo, y es así como se genera un efecto dominó en las demás esferas de nuestra sociedad. Reitero que existe una marcada ausencia de cursos sólidos en educación financiera, en principios de economía, en la organización y funcionamiento del Estado y de la Administración Pública a escala macro, y sobre la división de funciones entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Doloroso.
Lo anterior manufactura estudiantes carentes de razonamiento lógico y crítico, de capacidad para el análisis de casos y para la detección de argumentos falaces. Podría seguir con una amplia lista de deficiencias. Una persona con conocimiento básico en los asuntos antes citados no se dejaría llevar tan ciegamente por argumentos populistas y sin valor de un candidato a la presidencia o diputado, y, por ende, esos candidatos y sus partidos políticos se verían obligados a ofrecer discursos focalizados en la realidad, ofrecer propuestas lógicas y dejar de lado los artificios retóricos con los que nos han alimentado durante décadas. Tendríamos ciudadanos analíticos.
Esta cadena de errores también se refleja en la redacción de leyes obsoletas, con lagunas, con ambigüedades, sí como en un exceso de legislación, y, lo que es su polo opuesto, más bien la falta de leyes modernas, útiles y prácticas si nos vamos al plano del Derecho Comparado.
Sí, el problema es sistémico. Es un encadenamiento dañino. Debido a la falta de una moderna y necesaria educación que responda al mundo de hoy, el problema hace metástasis, invade otras esferas, y esas otras esferas o etapas producen por sí mismas nuevos problemas, hasta que llegamos a procesos electorales vacíos, y el ciclo se repite. Y aquí estamos de nuevo, con un país en sufrimiento. ¿Cómo detenemos este ciclo? Creo que este artículo da una pequeña luz.
De forma lamentable, no se ven avances que nos lleven a una mejoría, y pareciera que a nadie le importa.
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Carlos M. Cartín Feoli es abogado.