
Para graduarse del colegio en Costa Rica, un estudiante no necesita saber hablar inglés; basta con entenderlo. La prueba oficial que certifica el idioma al concluir la educación secundaria evalúa únicamente comprensión de lectura y comprensión auditiva, nunca producción oral. Es posible aprobar inglés en este país sin haber sostenido jamás una conversación real en ese idioma, y esa factura la está pagando todo el país.
El EF English Proficiency Index 2025 lo confirma con datos. Costa Rica entiende inglés mejor de lo que lo habla o escribe, y son precisamente los más jóvenes quienes registran el nivel más bajo del país: los costarricenses de 18 a 20 años se ubican 57 puntos por debajo del promedio nacional, mientras que los adultos de 31 a 40 años lo superan en 51 puntos.
La generación que está entrando ahora mismo al mercado laboral es la que menos preparada está para hablarlo.
Esa brecha no se cierra al salir del sistema educativo; un informe de Conare de este año encontró que el 43,3% de los graduados universitarios del país tuvo que pagar cursos externos para dominar el inglés que su carrera o su trabajo le exigía. Casi la mitad de los profesionales costarricenses salió de las aulas sin la herramienta que el mercado les exige.
Lo más lamentable o frustrante es que esto –en su mayoría– va más allá de un problema de acceso. Costa Rica invierte en inglés desde hace años: hay programas públicos, plataformas digitales, licencias gratuitas y presupuesto destinado a la enseñanza del idioma en el sistema educativo.
El problema es qué se está midiendo. El Ministerio de Educación Pública ha dado pasos para cambiar esto: desde 2023, junto con la Universidad de Costa Rica, aplica pruebas diagnósticas que por primera vez incluyen producción oral, evaluada con inteligencia artificial. Los resultados de 2024 muestran mejoras reales. Pero son pruebas piloto, no el examen que determina si un estudiante se gradúa.
El inglés conversacional es una brecha de acceso. Cada vacante que una multinacional no llena por falta de talento bilingüe funcional es, en el fondo, un costo que paga todo el país.
La solución no es complicada, aunque sí requiere un cambio de enfoque. No se trata de dar más horas de inglés, sino de cambiar lo que sucede dentro de esas horas: menos memorización de reglas gramaticales, más práctica oral real, corrección activa, grupos más pequeños.
Las estrategias pedagógicas capaces de formar hablantes funcionales no son una incógnita; ya operan con éxito dentro del país. La tarea pendiente reside en que el engranaje educativo público, responsable de la instrucción de la mayoría de nuestros jóvenes, busque el asesoramiento de quienes dominan estos enfoques prácticos.
Solo mediante esta integración será posible garantizar que los futuros profesionales costarricenses posean la fluidez necesaria para sortear con solvencia una entrevista, liderar una negociación o participar activamente en cualquier mesa de trabajo bilingüe.
En el campo de la enseñanza de idiomas existen tres grandes enfoques. El tradicional, predominante en los colegios, se centra en gramática, lectura y escritura, pero rara vez produce hablantes fluidos. El autodidacta, que genera contacto con el idioma, pero carece del acompañamiento para desarrollar fluidez real. Y el conversacional, que trabaja con grupos pequeños, práctica oral desde el inicio y corrección simultánea, el que la evidencia identifica como el más efectivo para lograr comunicación real.
Costa Rica sigue apostando casi exclusivamente por el primero en su sistema educativo público, y los resultados lo confirman.
El país tiene una oportunidad de cambiar esta realidad, pero solo si deja de medir el inglés como si fuera una materia teórica y empieza a medirlo como lo que realmente es: una herramienta de comunicación.
Mientras eso no cambie, seguiremos pagando, como país, el costo de un inglés que se aprueba en el papel, pero no se habla en la vida real, y esa factura la pagan más caro quienes menos oportunidades tienen de resolverla por su cuenta.
Adriana Castro es especialista en enseñanza de idiomas, fundadora de Craving English y Craving Portuguese, escritora y conferencista.