En marzo de 2022, el gobierno autoritario de Nayib Bukele, que controla a placer todos los poderes del Estado, impuso un régimen de excepción que suspendió algunas garantías constitucionales.
Sorprendentemente, en este extraño y convulso mundo en que vivimos hoy, el Cecot, la megacárcel salvadoreña, se ha convertido en un modelo a seguir que han copiado varios gobiernos latinoamericanos, entre ellos Costa Rica. Ese centro penitenciario es la pieza central de la maquinaria de comunicación y manipulación de un líder populista y autoritario, el “dictador más cool del mundo”, como él mismo se denominó, y quien está en vías de perpetuarse en el poder, después de reformar la Constitución para autorizar la reelección presidencial indefinida.
En nuestro país, se acaba de inaugurar el Cacco, un pequeño “Cecot a la tica”, en medio de un gran despliegue mediático, con las ya acostumbradas críticas al Poder Judicial que dispara, un día sí y otro también, el Poder Ejecutivo, más preocupado por derrumbar la independencia de la justicia que por combatir el crimen organizado y el narcotráfico.
Ciertamente, necesitamos cárceles nuevas, modernas, ajustadas a los requerimientos de la criminalidad actual. Sin embargo, en lugar de inspirarse en modelos autoritarios en los que se violan los derechos humanos, Costa Rica debería emular sistemas que combinan efectivamente el combate a la delincuencia con la reinserción social, como sucede en Noruega, Suecia y otros países nórdicos.
Conviene tenerlo presente ahora que el modelo populista autoritario de Bukele comienza a fallar. La afirmación sorprenderá a muchos, porque en ese país ha mejorado claramente la situación de seguridad y ha disminuido la delincuencia. Pero lo que fracasa no es la reducción del delito a corto plazo, sino la sostenibilidad del encarcelamiento masivo.
Nayib Bukele acaba de plantear la posibilidad de poner en libertad condicional a cerca de la mitad de los presos acusados de colaborar con las pandillas, quienes serían vigilados con monitoreo electrónico. ¿Se imagina usted si se hiciera lo mismo aquí? Más de uno alzaría la voz para denunciar la “alcahuetería”, la liberación de “golondrinas”, la burla al sistema, la afrenta a las víctimas, la priorización de los derechos del delincuente…
La propuesta desnuda el fracaso del Cecot y del populismo carcelario “bukeliano”. La mayoría de estas personas fueron encarceladas como parte del régimen de excepción, por lo que llevan, a lo sumo, cuatro años y medio presos. Además, en El Salvador no han existido políticas de reinserción social. Al contrario, se ha maltratado y humillado a los presos. Cabe preguntarse entonces: ¿pagaron estas personas por su delito? ¿En qué condiciones cree usted que saldrán a la sociedad?
Por otro lado, si esas personas son peligrosas, liberarlas es irresponsable. Y si no lo son, entonces fueron encarceladas de manera excesiva e innecesaria. En cualquier hipótesis, hay un fracaso evidente del modelo.
Ya vemos, entonces, que la cárcel no es el santo remedio al problema de la criminalidad, y que el encarcelamiento indiscriminado y arbitrario no es sostenible en el tiempo.
La seguridad ciudadana requiere un abordaje serio, multidisciplinario, con componentes preventivos, represivos y resocializadores. El populismo autoritario intenta engañarnos con respuestas fáciles e irresponsables a un fenómeno complejo. No caigamos en esa trampa.
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Rodolfo Brenes Vargas es abogado.