El Proyecto Hidroeléctrico del Río Toro Amarillo, recientemente inaugurado por el ICE en medio de fanfarrias sobre desarrollo sostenible y otras palabras huecas, tras las que se oculta todo lo contrario, acabó con la catarata del mismo nombre, que era la más hermosa e imponente del país, con una caída espectacular de centenares de metros, en medio de un escenario bellísimo.
Con el objeto de ahorrarse unas decenas de millones de dólares que habría costado una presa en otro sitio del río, el ICE aprovechó la caída natural mediante una toma, aguas arriba de la catarata, y entubó casi toda el agua para llevarla aguas abajo hacia las turbinas, con toda la fuerza de la caída de centenares de metros. Se apropió literalmente de la parte líquida de la catarata y, entubada, la hizo caer paralelamente para accionar las casas de máquinas. De esta manera la catarata quedó reducida a una ridícula porción, verificando el paso de lo sublime a lo ridículo por acción humana transgresora y absurda. Y el escenario bellísimo circundante quedó afeado por una enorme lesión a un cerro contiguo a la toma porque así como algunos aprecian la belleza y la crean, el Estado con traje de electricista se olvida de sus deberes y sólo sabe destruirla.
El Estado en esa función olvidó o se burló de que la Constitución Política le ordena en su artículo 89 "proteger las bellezas naturales", para actuar en su lugar como la peor de las compañías de la época negra del imperialismo, que al igual que el caballo del carretón sólo aprecia su camino inmediato, y en interés presupuestario miope procedió a violar los mandatos expresos que le prohibían hacerlo. Y lo pudo hacer porque contralorías, procuradurías y tribunales contenciosos, que existen para evitarlo, se fijan solo en lo pequeño, pero son cómplices en las violaciones a lo importante, porque confunden el interés público con el de la administración -que no es lo mismo-, y porque en definitiva todos se tapan con la misma cobija.
Pero además lo pudo hacer porque el país perdió su capacidad crítica y de razonamiento, gracias a un sistema educativo que, a partir de la falsa premisa de que el costarricense es un "pobrecito", le prohibió pensar por sí mismo y gregarizó su pensamiento reduciéndolo a recetas. Redujo de esta manera los procesos mentales a reflejos condicionados generales, de manera que a lo mismo todos contestan con lo mismo. Por eso basta dominar el código simbólico de la comunicación domesticada, para tener bajo control al público y a sus representantes. Porque la opinión se reduce a las representaciones evocadas en el receptor por los símbolos esgrimidos -cual fetiches u objetos mágicos-, que sustituyen y anestesian el pensamiento racional propio. Tal función cumplen, ciertas recetas como la de que los mitos generalizados son la verdad; la de que atacar las políticas estatales es ser cavernario y neoliberal, y que discutir las ocurrencias de una institución es atacar el interés general, porque, como lo enseña el sistema educativo, la solidaridad y el consenso -no la verdad- son lo que importa; de la misma manera que importan las formas o métodos y no el fondo o conocimiento. Si alguien duda, que observe, para convencerse, la notable uniformidad de las respuestas del público -frases hechas, las mismas en todos- cuando los medios de prensa hacen preguntas. Por eso, basta montar una campaña publicitaria mentirosa con esos mitos, para que el público se convenza de que su autor es un campeón ecológico, independientemente de los hechos, que ni interesan ni importan.
Por otra parte, la destrucción de la catarata como precio del ahorro en la obra civil, no solo viola su valor como belleza natural y bien cultural, jurídicamente protegidos, sino que es una tontería, económicamente hablando. El valle del río Toro Amarillo, a cuya salida hacia el norte se encuentra la catarata ahora sin agua, es una de las zonas más bellas del país. Al este los costados del volcán Poás, yermos y multicolores con la carne de la tierra expuesta por la acción del vulcanismo, fantasmal paisaje de terrible belleza que recuerda las épocas primitivas del planeta; al oeste lo cierra una pared montañosa casi vertical, de la que caen, en hermosísimo concierto, decenas de cascadas; al norte, la salida imponente hacia las llanuras de Sarapiquí; al sur el acceso montañoso del otro lado del Valle Central, desde La Luisa de Grecia, y en el fondo las cuidadas casas y fincas que parecen un portal. El valle es un "Shangri La" costarricense, que con la catarata como era, tiene -o tenía- un inestimable valor turístico, como atracción primaria de una actividad que ahora produce más de seiscientos millones de dólares al año, y que si cesáramos de atacarla minuciosamente en sus atractivos y facilidades, como lo hacemos, podría duplicar pronto esas cifras.
Pero el Estado arruinó el valor turístico del valle de los Bajos del Toro Amarillo, en la misma forma que ahora arruina el paisaje de la falda sur del mismo volcán Poás, por donde va la carretera turística al cráter (si así se puede llamar esa colección de huecos), con los enormes manchones negros de los "saranes" o manteados de las nuevas agriculturas que el Estado fomenta con el regalo del 15% del CAT, sin ponerles condiciones en cuanto a preservación del paisaje y protección del medio ambiente.
Esta es la triste verdad tras la retórica anestesiante, porque lamentablemente el Estado, a vista y paciencia de ecologistas, "canales ecológicos", prensa consciente, diputados y ciudadanos que creen en estos valores, es uno de los principales destructores de la belleza y de los recursos de la naturaleza. Si no me creen, invito a la prensa, a la televisión "ecológica", a las asociaciones ecologistas, al ICT y a cualquier interesado, a que vayan a comprobar los atropellos que denuncio.