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Cuando se silencia la prensa, callan las alarmas de la democracia

Desde el más alto nivel del Ejecutivo se ha creado una narrativa sistemática de desprestigio contras los medios y una imagen falsa y peligrosa: que la prensa es el enemigo del pueblo

Ilustración de una rueda de prensa con múltiples micrófonos sobre un podio y un grupo de periodistas frente a ellos, representando el trabajo de la prensa independiente en América Latina.
El periodismo es uno de los medios de los que dispone la ciudadanía para fiscalizar el poder. Shutterstock

Nunca pensé que tendría que escribir esto desde Costa Rica, un país al que siempre se le reconoció su compromiso con la democracia, con la libertad de expresión y con un periodismo que ha sido piedra angular de nuestra institucionalidad. Pero hoy lo escribo con una profunda preocupación: estamos normalizando la persecución a la prensa.

Como ciudadana, como periodista, como alguien que ha crecido creyendo en el valor de las instituciones y el debate público, me alarma ver cómo se ha instalado, desde el más alto nivel del Poder Ejecutivo, una narrativa sistemática de desprestigio contra los medios de comunicación. Se los tilda de “canallas”, se los desacredita, se pone en duda su ética –sin evidencia– y se construye una imagen falsa y peligrosa: que la prensa es el enemigo del pueblo.

No se trata de una frase suelta. Se trata de una estrategia. Y no lo digo solo yo: el mundo lo está observando. En el reciente Índice Mundial de Libertad de Prensa 2025, elaborado por Reporteros Sin Fronteras, Costa Rica cayó 10 posiciones y se ubica ahora en el puesto 36 a nivel global.

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