Alberto comenzó a trabajar a los 18 años en una fábrica estadounidense. Con esfuerzo y experiencia, llegó a dirigir una línea de producción y a ganar cerca de $7.000 mensuales. Creía estar alcanzando el “sueño americano”. Hasta que una mañana recibió, junto con sus compañeros, una noticia devastadora: la planta cerraría. Para sus propietarios, resultaba más rentable importar desde Asia que continuar fabricando en Estados Unidos.
De pronto, Alberto quedó desempleado. Su experiencia lo hacía parecer sobrecalificado para algunos puestos, mientras que su formación académica resultaba insuficiente para otros. Las ofertas disponibles apenas alcanzaban los $2.500 mensuales. Su nivel de vida se desplomó.
Necesitaba encontrar un responsable. Entonces, apareció un político con una explicación sencilla: “Tu problema son los inmigrantes”. Alberto observó a extranjeros trabajando, aunque muchos desempeñaban labores distintas de la que él había perdido, y terminó convencido de que le habían quitado su empleo.
Pero, ¿quién cerró realmente la fábrica?
Durante décadas, las economías industrializadas han experimentado profundas transformaciones. La globalización, la automatización, las innovaciones tecnológicas y la reorganización de las cadenas productivas han cambiado la manera de fabricar y competir. Algunas ocupaciones desaparecen, otras se transforman y surgen nuevas oportunidades.
El problema aparece cuando esos cambios avanzan más rápido que la capacidad de los trabajadores para adaptarse. La industria automotriz europea ofrece un ejemplo. Fabricantes como Volkswagen apostaron durante años por China como mercado y centro productivo. Entretanto, las empresas chinas aprendieron, innovaron y desarrollaron vehículos eléctricos capaces de competir internacionalmente.
Cuando una industria pierde competitividad, sus trabajadores pueden enfrentar reestructuraciones, despidos o cierres. Culpar al inmigrante resulta políticamente más fácil que explicar esos procesos.
El inmigrante como enemigo conveniente
Es cierto que la inmigración puede aumentar la competencia en determinados segmentos laborales. Negarlo sería simplificar el debate. Pero también es cierto que quien llega es alguien que trabaja, consume, alquila vivienda, adquiere servicios, paga impuestos cuando corresponde y, en muchos casos, crea empresas y genera empleos.
Panamá ofrece un ejemplo revelador. Según cifras oficiales citadas por La Prensa en 2015, empresarios venezolanos invirtieron $427 millones entre 2012 y 2014, alrededor del 3,7% de la inversión extranjera recibida en ese periodo. Detrás de la palabra “inmigrante” también puede haber un inversionista, un profesional o un emprendedor. Cuando se marcha, su aporte económico puede marcharse con él.
En Chile, estudios citados en el artículo original estiman que los inmigrantes venezolanos aportan aproximadamente 1,63 pesos en impuestos por cada peso recibido en beneficios públicos. Estas cifras invitan a analizar la inmigración más allá de sus costos y a reconocer su contribución económica, sin desconocer los desafíos de integración.
Integrar en vez de estigmatizar
La reunificación alemana dejó una enseñanza: derribar una frontera no basta para integrar sociedades con experiencias distintas. Esa reflexión, asociada al liderazgo de Helmut Kohl, permite comprender que la convivencia exige algo más que discursos. Integrar es más inteligente que estigmatizar.
La responsabilidad, sin embargo, es compartida. La sociedad receptora debe procurar oportunidades de integración, mientras quien llega tiene el deber de respetar sus leyes, instituciones, costumbres y cultura laboral. Ni la exclusión ni la ausencia de responsabilidades construyen comunidades prósperas.
Los políticos pueden seguir señalando enemigos visibles para explicar problemas complejos. El inmigrante es un blanco conveniente: habla con otro acento, tiene otras costumbres y muchas veces dispone de escasa representación política. Pero señalarlo no reabrirá la fábrica de Alberto, no devolverá competitividad a una industria, ni capacitará a quien perdió su trabajo.
Eso requiere educación, reconversión laboral, inversión productiva, innovación y políticas industriales capaces de responder a la economía global.
Por eso, la pregunta que Alberto debería formular no es “¿qué inmigrante me quitó mi empleo?“, sino ”¿por qué desapareció mi trabajo y qué están haciendo nuestros líderes para prepararnos para la nueva economía?”.
Quizá cuando los ciudadanos comiencen a exigir esa respuesta, algunos políticos tendrán que dejar de buscar culpables y empezar a ofrecer soluciones.
@orlandocuicar / @conorlandocuicar
Orlando Cuicar Ortiz es dirigente político y consultor empresarial en Venezuela y Estados Unidos.