Después de las vacaciones, estamos ante la gran posibilidad de retomar lo iniciado con mucha ilusión y compromiso. Por ello es fundamental tener claro que, en materia educativa, los proyectos deben continuar el proceso de armonizar a los seres humanos con las demandas del presente y construir el anhelo de promover una ciudadanía para un futuro mejor. Pero ¿cómo seguir definiendo ese deber ser de la educación?
Según Kant, “la educación no debiera ser otra cosa que humanización”. El problema sigue siendo, por lo tanto, propiciar un tipo de ciudadanía que responda a los ideales ilustrados en los que la libertad individual y la integración social son solidarias con las ideas de felicidad y de convivencia.
Sin embargo, para que lo anterior ocurra, es fundamental enseñar a valorar al otro. Es tomar conciencia de que, además de la verdad y la utilidad, existen los valores, los criterios que nos permiten distinguir y elegir lo más bueno, lo más bello y lo más justo. La dimensión valorativa de la condición humana no es menos esencial que las competencias académicas.
Nadie quiere para sus hijos la mayor sabiduría y la mayor destreza si no van acompañadas de la capacidad para valorar el mundo que los rodea. Apreciar una obra de arte, una pieza musical o un paisaje natural requiere haber desarrollado capacidades para el juicio estético. Discernir lo que debemos hacer, como algo diferente de lo que podemos hacer, requiere del desarrollo del criterio moral.
Valorar es, consecuentemente, asumir la existencia de un ámbito intangible que nos permite ir más allá de lo hecho. Es, seguramente, el descubrimiento de esa dimensión de los valores lo que da sentido a la vida humana y permite definir en ella proyectos orientados por la idea de felicidad.
Vacío. Empero, si eso lo llevamos al contexto educativo, cuando no hay espacios que permitan propiciar un sentido de pertenencia, se produce un vacío en la actitud consciente de aquel ser humano. En otras palabras: le da lo mismo estar en un colegio o en otro, vivir en San Ramón o en Cartago, estudiar o no hacerlo; salta la indiferencia. ¡Todo le vale!
Es necesario tener claro que los vínculos de pertenencia pueden ser múltiples en una misma persona de acuerdo con la diversidad de roles e interacciones en que participe a lo largo de su vida.
El grado de compromiso individual y colectivo, así como los lazos que se consolidan mediante el sentido de pertenencia son tales, que aun en los casos en que cesa la relación activa con el medio que la origina puede mantenerse la identificación con los valores representativos de aquel espacio.
Por consiguiente, en un centro educativo, el sentido de pertenencia es un elemento primario de arraigo e identificación personal y colectiva. Es expresión concreta de adhesión a rasgos específicos y característicos de la cultura que sintetiza perfiles de identidad, por lo cual resulta primordial en las estrategias que se deben promover para la participación activa.
Un estudiante que se siente parte de, no lanza una piedra contra su institución, no renuncia fácilmente a la posibilidad de estudiar; más bien, demuestra en forma coherente una manera de resolver problemas y canalizar adecuadamente sus emociones.
Kaplum dice: “Es en relación con el error y el conflicto donde se dan los aprendizajes significativos, las transformaciones conductuales y se construyen las capacidades críticas que facilitan la transformación en la acción”.
Según lo anterior, pareciera que es el momento idóneo para darle un viraje al manejo de la emoción y para que las experiencias sean válidas para avanzar. Para ello es fundamental tener claras dos ideas: a la persona, cuando nada le ha costado, no concibe lo difícil que ha sido la construcción de todo lo que está a su alcance. De acuerdo con esto, es urgente que todos los miembros aporten algo a su comunidad educativa; eso, definitivamente, construye un panorama cargado de sensibilidad.
En segunda instancia, Sigmund Freud planteaba que “cuánto menos sabe un hombre acerca del pasado y del presente, más inseguros serán sus juicios respecto al futuro”. De esta manera es prioritario que el estudiante conozca la historia de su casa de enseñanza (su otra familia), a qué aspira en el presente y cuáles son sus planes venideros; todo lo anterior dentro de una cultura y ritmo de trabajo que se inicie bien, continúe muy bien y concluya mejor.
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El autor es asesor regional de Español del MEP.