
Al llegar al maleconcito de Cahuita, aquel día de setiembre del 2021, vi un tumulto inusual y tantos carros que pensé: “Está pasando algo grande”.
–Anda aquí un rey africano– me respondieron al preguntar.
–Un rey de Ghana– especificó un hombre.
Imaginé al rey entre pieles de leopardo, con un collar feroz al cuello y un cetro puro de marfil. El África de la televisión se me apareció antes que la verdadera. Sobredosis de Tarzán.
Me abrí paso hasta quedar frente a donde estaba Su Majestad, que sacudió mis prejuicios con su reloj de pulsera y su celular. Pronto corrió entre los curiosos el rumor de que había que descalzarse para acercársele, y lo comprobamos cuando varias personas se zafaron una chancleta antes de aproximarse y hablarle. Un rey con un pie en la tradición, otro en el mundo de las pantallas y los dos sobre una alfombra. Era el único del grupo que no los tenía directamente sobre la tierra.
El primer discurso reveló su identidad: Odeneho Kwafo Akoto III. No vestía pieles de animal, sino kente, la tela reservada para la realeza de Ghana. Llevaba un traje blanco de figuras negras que –esto lo supe después– significan poder, fuerza y equilibrio. Odeneho Kwafo Akoto III llevaba puesto un hermoso diccionario ilustrado.
La ceremonia recordaba a quienes murieron el 2 de marzo de 1710 durante el naufragio de los barcos daneses Fredericus IV y Christianus V, que partieron de Ghana con cautivos malviviendo embodegados. Es probable que aquella pobre gente cruzara, con el Atlántico al frente, la infame “puerta del no retorno”.
Al terminar los discursos, el rey se puso en pie. Súbditamente, un hombre corrió a protegerlo con la sombra amarilla del parasol real. Todas las miradas apuntaban hacia los botes que, destinados otros días a la pesca o a pasear turistas, eran ahora un racimo de globos. Sobre el piso de algunos había ramos de pomas, esas flores que en Costa Rica colorean los funerales.
Con los botes llenos y las ofrendas listas, la comitiva salió hacia el sitio del naufragio. Del Caribe parecían haberse espantado las olas. El día era una multiplicación de brillos sobre el mar y transparencias de vidrio en el agua.
Las lanchas salieron en línea recta, dibujaron una curva para esquivar las piedras y avanzaron hasta las cercanías de punta Cahuita. Disculpas y pomas quedaron después en el lugar donde murieron muchos de los esclavos cuyo destino era la amargura en las siembras de caña de azúcar de Saint Thomas. Otros alcanzaron la orilla y fueron libres. El fin de un viaje atroz dio comienzo a una expansión.

Agosto del 2026
Aún llevaba en el paladar el sabor celestial del café cuando descubrí que las ruinas habían resucitado.
Las vi con frecuencia durante trece años, hasta que mis ojos decidieron ignorarlas. Las conocí cuando empecé a visitar Cahuita con la regularidad nacida de la querencia. Siempre las tomé por lo último de una casa abandonada. Bloques sordos, un olvido encallado en el borde del pueblo.
Sin embargo, esta vez relucían. Manos artistas se las arrebataron a la decadencia, las enriquecieron con figuras. ¿Cuántas manos las habrán trabajado?, ¿cuatro, ocho, catorce? Daba lo mismo.
Me atrapó un ave que camina hacia adelante con la cabeza vuelta hacia atrás. En el pico sostiene un objeto que al principio me pareció una semilla y resultó ser un huevo. Es un ejemplar de pájaro sankofa, símbolo de gentes de Ghana. Su nombre puede traducirse casi como un mandamiento: “regresá y recogé”. Mientras avanza, los ojos del ave miran hacia el pasado, no por apego a una nostalgia estéril, sino porque allí busca el origen y, en el origen, sabiduría e impulso.
El lugar del naufragio danés se localiza a un kilómetro de esos muros transfigurados que ocupan una cuña de tierra desde la que puede verse, sobre una rama, la oscura y paciente espera de algún gavilán cangrejero. También cómo el parque nacional se estira, igual que un quieto caimán, hacia el arrecife donde generaciones pasadas descubrían luces nocturnas, inequívocas señales de tesoros o de barcos hundidos.
En la fachada de aquello que quizá fue una casa, una placa colocada el pasado marzo prolonga la ceremonia encabezada por Odeneho Kwafo Akoto III aquella mañana luminosa del 2021.
“A tribiut tu fi wi ancestaz… Tank yu fi guion wi, wid a spirit a friidom, jostis an digniti”, dice en inglés criollo. La vieja casa nueva se empeña ahora en sostener una historia casi nunca contada, o contada mal. Honra vidas de hace tres siglos, sobre todo las que continuaron en estas tierras. El presente las mira y les habla: gracias por guiarnos con espíritu de libertad, justicia y dignidad.
En el huevo que el pájaro sankofa recoge se incuban esos principios. El ave-símbolo los lleva entre las montañas talamanqueñas y la costa donde crecen los palos de ackee y las uvas de mar. Allí, en el Caribe de sorpresas constantes, escuché recientemente el brillo de un refrán que también sobrevivió al cruce del Atlántico: “El mañana alumbrará al pasado mañana”.
ovidio.munoz@nacion.com
Ovidio Muñoz Corrales es periodista.
